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Sistemas que Sanan

2026-07-13
Laura C., Katherine M. y John K.
SSIRñ #20
Salud mental: el poder de los entornos resilientes
Salud
Originales en Español
Destacados SSIRñ20

Cómo el reconocer el trauma en nosotros mismos, en otras personas y en los sistemas que nos rodean, puede abrir nuevas vías para resolver los problemas sociales.

Como escribe el autor brasileño Paulo Coelho, «Uno se ahoga no por caer en un río, sino por permanecer sumergido en él». Ésta es una metáfora que ejemplifica cómo el trauma afecta a las personas, individual y colectivamente. La humanidad está sumergida en capas de traumas individuales, intergeneracionales y colectivos, pero generalmente no lo reconocemos. Esto nos impide atender las raíces de los retos colectivos a los que nos enfrentamos y nos impide dar pasos hacia una sanación que pueda transformar los sistemas que nos rodean.

El trauma es una parte casi universal de la experiencia humana y una fuerza invisible que contribuye al estancamiento de prácticamente todos los sistemas sociales. El bienestar infantil, la justicia penal, la educación, la salud pública y la vivienda social enfrentan barreras estructurales, vinculadas a la presencia  del trauma en los sistemas que los atienden. Este desafío se agrava en un momento crítico para la humanidad, al acercarnos al colapso sistémico más destructivo de todos: la crisis climática que pone en peligro la vida en la Tierra. 

Sin embargo, el impacto del trauma permanece prácticamente ausente en el discurso dominante sobre el cambio sistémico. Esto se debe, en parte, a la creencia extendida de que el trauma está «allá afuera», es decir, que otras personas son las traumatizadas y necesitan ayuda, mientras que nosotros «estamos bien». En realidad, todos tenemos algún tipo de trauma. 

El trauma que cargamos influye profundamente en cómo percibimos el mundo y a nosotros mismos. Por ello, juega un papel determinante en el futuro de los sistemas sociales. Si no reconocemos su presencia, nos negamos a abordarlo y dejamos de impulsar procesos de sanación tanto individuales como colectivos, condenamos a nuestros sistemas a permanecer estancados. 

A lo largo de 2023, trabajamos junto a una coalición multidisciplinar de colaboradores liderados por The Wellbeing Project y la Universidad de Georgetown, con el objetivo de aplicar los conocimientos del campo de la sanación del trauma a la práctica del cambio sistémico. Docenas de líderes del cambio social, comunidades indígenas y actores comunitarios que trabajan en geografías tan variadas como Sri Lanka, Rumanía, Australia, Nueva Zelanda, Canadá, Colombia, India y Estados Unidos, entre otras, compartieron su tiempo y experiencia con nuestro equipo. Su propósito consiste en contribuir a que el sector social forje un lenguaje común en torno al trauma y  promueva la sanación colectiva como una parte integral del trabajo de cambio sistémico.

«Nuestros sistemas no reconocen cómo el trauma impacta en las personas y, como resultado, los responsables de la toma de decisiones en esos sistemas crean trauma y mantienen a las personas en un espacio de trauma», nos dijo Allison Wainwright, directora general de Family Life, uno de los mayores proveedores de servicios familiares de Australia que trabaja con niños vulnerables y sus familias. «Si no hablamos de ello y lo reconocemos, es muy difícil que se produzcan cambios», añadió.

El punto de partida: comprender el trauma desde nuestro propio interior. 

Reconocer el trauma en nuestros sistemas, como sugiere Wainwright, comienza por reconocer y comprender cómo opera en nosotros mismos.

El trauma altera nuestra capacidad de percibir claramente la presencia del peligro y la seguridad. Así, puede activar respuestas de supervivencia incluso cuando ya no son necesarias. Como estas respuestas son reguladas por el sistema nervioso autónomo, que opera en gran medida fuera de nuestra conciencia, con frecuencia no advertimos cuándo estamos reaccionando de manera desproporcionada a una situación. 

Todos llevamos en nuestro interior historias, experiencias y heridas que dan forma a nuestras respuestas de protección e influyen en cómo interpretamos el mundo, ejercemos el liderazgo, construimos relaciones e interactuamos en los sistemas de los que formamos parte. Cuando no somos conscientes de estas dinámicas, estas pueden limitar nuestra capacidad para percibir con claridad las situaciones que enfrentamos, y responder creativamente ante desafíos colectivos.

Al formar parte de sistemas humanos, estas respuestas de supervivencia terminan expresándose colectivamente, moldeando las políticas, las prácticas, las relaciones, los flujos de recursos, las dinámicas de poder, los modelos mentales y las creencias incorporadas que estructuran nuestros sistemas.

Si comprendemos más profundamente nuestras respuestas ante la amenaza, el dolor y la incertidumbre, también ampliamos nuestra capacidad para reconocer cómo el trauma se manifiesta dentro de las organizaciones, las comunidades y los sistemas. Esto impacta directamente en la confianza y, por lo tanto, en nuestra capacidad de colaboración. Este paso es fundamental, ya que  la transformación de los sistemas requiere tanto de cambios estructurales como de la capacidad de relacionarnos de maneras más conscientes, humanas y reparadoras.

¿Qué podemos ganar reconociendo el trauma en los sistemas?

Del mismo modo que necesitamos reconocer nuestras respuestas traumáticas individuales, también debemos ampliar nuestra comprensión del trauma. 

La narrativa predominante, centrada en los individuos, tiende a etiquetar a las personas traumatizadas como psicológicamente «anormales» , en lugar de reconocerlas como personas que tienen una reacción normal frente a circunstancias anormales. Además, esta narrativa refuerza un enfoque basado en un modelo médico individualizado, presentándolo como la principal solución de intervención. Como muchos colegas de los campos de la equidad racial, justicia restaurativa y descolonización han elaborado, esto no sólo es un marco incompleto, sino también perjudicial y dañino para los grupos oprimidos y marginados, ya que traslada la responsabilidad del daño y la carga de la sanación al individuo, e ignora la responsabilidad del sistema.

En segundo lugar, considerar escalas temporales más largas es esencial para adoptar una visión sistémica. Esto permite entender cómo los traumas del pasado, no resueltos ni sanados, contribuyen al estancamiento que enfrentamos en la actualidad, e influyen en el futuro de nuestros sistemas. Como escribe la reputada pensadora sistémica Donella Meadows: «En un sentido sistémico estricto, no hay distinción entre largo y corto plazo. [...] Actualmente experimentamos las consecuencias de acciones puestas en marcha, ayer, hace décadas o incluso, siglos.».

La persistencia del trauma histórico en los sistemas actuales resulta  incómoda para la mentalidad predominante  en muchas sociedades  occidentales. Con frecuencia se escucha el deseo de «dejar atrás el pasado de una vez por todas» y se pregunta por qué otros no «lo superan». Esta respuesta, que podríamos calificar como una forma de negación colectiva ante una realidad abrumadora, está íntimamente ligada al privilegio blanco, uno de los mayores obstáculos para la percepción y el reconocimiento generalizados del trauma intergeneracional y colectivo.

David Hanna, de Inspiring Communities en Nueva Zelanda, trabaja con comunidades maoríes y de las Islas del Pacífico que aún enfrentan  los efectos de traumas históricos y las elevadas  tasas de encarcelamiento. «El poder y los privilegios están en manos de hombres blancos como yo, así que hacemos cambios superficiales mientras evitamos mirar el trauma», afirma. «Aunque la mayoría de quienes trabajamos en el sector social queremos ayudar de verdad, sigue siendo uno de los sectores más colonizadores. Ése es el poder del trauma ancestral que aún vive en nuestros sistemas».

Hanna describe esta tendencia como un «acuerdo heredado para mirar hacia otro lado»: la inclinación a buscar explicaciones alternativas para los problemas sociales sin confrontar las heridas históricas que los sostienen. Sin embargo, cada vez más líderes están rompiendo ese acuerdo tácito e incorporando marcos, prácticas y procesos de sanación colectiva para abordar el trauma intergeneracional en sus comunidades.

Ver el trauma a través de una lente sistémica revela una verdad fundamental: la dimensión colectiva del trauma requiere de un contexto colectivo para la sanación. Aunque la terapia puede ser apropiada y necesaria en muchas circunstancias, por sí sola no basta para sanar heridas colectivas.

En Latinoamérica, la  sanación colectiva se practica desde tiempos inmemoriales, tanto por los habitantes originarios, como por la población afro-descendiente que llegó con la colonia. Actualmente se continúan empleando ceremonias, rituales grupales, rezos, danzas y cantos colectivos que buscan fortalecer lazos comunitarios, así como con la naturaleza, el cosmos y el espíritu. La salud de la comunidad abarca  el mantenimiento de la memoria ancestral y cultural, junto con  la conexión con lo sagrado, elementos que facilitan el restablecimiento de un equilibrio dinámico en la relación con el cosmos entero.

La creación de espacios para la sanación tiene el potencial de transformar nuestros sistemas traumatizados y traumatizantes, para volverse sistemas más compasivos y atentos. Sacar a la luz y afrontar colectivamente los traumas dentro de las organizaciones y entre los sistemas con responsabilidad y capacidad puede reparar las relaciones y restablecer el flujo de creatividad, dando lugar a nuevas formas de trabajar y de relacionarse. 

Tipos de trauma

Cinco características del trauma sistémico

Como se ha señalado anteriormente, el trauma dentro de los sistemas, o el trauma sistémico, incluye los efectos no atendidos de los traumas individuales, intergeneracionales, colectivos e históricos, así como los nuevos traumas creados por las estructuras y dinámicas relacionales dañinas presentes  en el  sistema actual (véase el recuadro). Si se les deja sin sanar y sin integrar, la respuesta del sistema al trauma puede romper las relaciones, minar la energía y la creatividad colectivas, y disminuir la interconexión que le da vida a los grupos y comunidades prósperos.

Sin embargo, ¿qué aspecto tiene realmente el trauma sistémico? ¿Cómo podemos reconocerlo cuando lo experimentamos? ¿Y cómo empezamos a sanarlo? Nuestras entrevistas con líderes del cambio sistémico revelaron cinco características importantes.

1. Las respuestas traumáticas sistémicas imitan las respuestas traumáticas individuales.

Tomar conciencia de cómo el trauma afecta a nuestro sistema nervioso individual nos abre a considerar cómo esas mismas respuestas fluyen a través de nuestras interacciones interpersonales y se manifiestan a mayores escalas de magnitud en nuestras organizaciones, comunidades y sistemas. 

La noción de patrones que se repiten a través de diferentes magnitudes se conoce en los mundos natural y digital como fractal. «Los fractales son patrones infinitamente complejos que son autosimilares a través de diferentes escalas», escribe la autora y activista por la justicia transformadora adrienne maree brown en su libro Emergent Strategy. «Lo que practicamos a pequeña escala establece los patrones de todo el sistema».

En su esencia, los sistemas sociales están hechos de personas y relaciones. Por ello, las dinámicas que observamos en los individuos pueden repetirse y amplificarse a nivel colectivo. Comprender nuestras respuestas individuales de supervivencia nos ayuda a reconocer sus manifestaciones y patrones en organizaciones, comunidades y sistemas.

2. Los sistemas albergan y transmiten el trauma porque son relacionales.

Los sistemas no son construcciones mecánicas ni instituciones impersonales sin rostro. Están formados por las relaciones entre las personas que los componen. El trauma afecta las relaciones de muchas maneras, pero lo más importante es que dificulta la capacidad de las personas para formar relaciones saludables y relacionarse con los demás con confianza, compasión y empatía.

«Las pautas que observamos en la terapia individual se reflejan en el trabajo que hacemos con la comunidad», afirma Wainwright. «Se trata de la misma hipervigilancia, la misma ira y el mismo desapego, tanto si trabajamos con un joven que ha sido retirado de su hogar familiar y colocado en un hogar de acogida, como si entramos en una habitación llena de personas de una comunidad vulnerable. Si la gente sufre, el sufrimiento fluye a través de sus conexiones y se extiende por sus comunidades».

Así, podemos pensar que las respuestas al trauma son tanto individuales como colectivas, y que se producen en todos y cada uno de los sistemas que implican relaciones de personas interconectadas e interdependientes.

3. Los líderes deben reconocer tanto su propio trauma como el trauma sistémico que afecta a los demás.

Aunque es imperativo centrarnos en el trauma de las personas históricamente oprimidas y sus descendientes en la labor de transformar los sistemas injustos, todos compartimos la responsabilidad de sanar las heridas históricas y colectivas. Cuanta más influencia tenga una persona, ya sea por su papel de liderazgo, sus contactos o los recursos de los que disponga, mayor será su impacto en un sistema determinado. Cuando los líderes del sistema toman decisiones desde un estado reactivo o proyectan de manera inconscientemente sus respuestas traumáticas en los demás, esto puede manifestarse en comportamientos controladores, culpabilización, negación, deshumanización o insensibilización. Los sistemas que lideran tienden a reflejar y perpetuar esos mismos patrones.

«Hacer nuestro propio trabajo de sanación de trauma» nos permite mejorar nuestra capacidad de darnos cuenta de cuándo estamos actuando a partir de nuestras propias respuestas automáticas de trauma. Del mismo modo, nos ayuda a reconocer las respuestas traumáticas de los demás y a distinguir entre su comportamiento, cuando se encuentran en un estado reactivo, y su identidad como persona. También permite relacionarse con los demás de forma empática y humanizadora e identificar formas de trabajar que reduzcan la probabilidad de desencadenar o volver a traumatizar a otras personas del sistema, en particular a las más vulnerables.

El proceso también ayuda a los líderes a desarrollar una mayor capacidad para ver, reconocer y abordar los traumas históricos, intergeneracionales y colectivos que residen en los sistemas y repercuten en los demás. Sin embargo, muchos responsables de la toma de decisiones se niegan a conocer o reconocer públicamente el trauma sistémico, porque hacerlo podría cuestionar directamente sus privilegios y su posición. En consecuencia, pueden optar por desviar la atención, intencionadamente o no, del verdadero origen del problema.

«Quienes trabajamos en salud pública y resolución de conflictos vemos todas las formas en que nuestros traumas históricos no resueltos se manifiestan a través de  problemas de salud mental, adicciones, problemas de conducta y violencia», afirma Vinya Ariyaratne, presidente del Movimiento Sarvodaya Shramadana de Sri Lanka, país que sufrió 26 años de guerra civil que terminó en 2009. «Desgraciadamente,  los responsables políticos no lo reconocen. Dicen: No, no tenemos traumas. Sólo necesitamos crear empleos. Como no se ha reconocido nuestro trauma histórico, la gente tiene que afrontarlo de manera individual en el ámbito privado.»

4. Los sistemas que más necesitan sanar suelen ser los que más se resisten.

Como ilustra el ejemplo anterior, la insensibilización y la negación son formas habituales de afrontar el trauma dado lo abrumador de la experiencia. Por lo tanto, no debería sorprendernos que las conversaciones sobre la presencia del trauma encuentren resistencia. «Si estás traumatizado, es difícil que lo veas porque tu psique se resistirá a ello», afirma Andrea Blanch, ex copresidenta de la Campaña para la Política y la Práctica Informadas por el Trauma. «La dinámica del trauma es que debes empezar a sanar antes de poder ver el problema del que estás sanando. Lo mismo ocurre con los sistemas. Cuanto más traumatizado esté un sistema, más se resistirá a sanarse».

Las implicaciones del diagnóstico de Blanch son profundas para los profesionales del cambio sistémico. Los cambios estructurales, como los políticos o aquellos relacionados con los flujos de recursos, no son suficientes. En lugar de colocar continuamente soluciones bienintencionadas sobre sistemas traumatizados, los responsables del cambio podrían centrarse más bien en crear las condiciones para la sanación y la reparación. El proceso de creación de esas condiciones nos permite ver el problema y a las personas implicadas de forma diferente, abriendo nuevas formas de relación y vías de acción potenciales que de otro modo no serían posibles.

«Cambio sistémico es entender la interrelación entre todas las partes» , señala Catalina Cock, co-fundadora de la Fundación Mi Sangre, que ha contribuido significativamente a trabajar el trauma colectivo en Colombia con diferentes grupos poblacionales, incluyendo víctimas y victimarios del conflicto armado, familias, comunidades, niños, niñas, adolescentes, jóvenes, personas con discapacidad, personas LGBTIQ+ y comunidades étnicas. Desde esta perspectiva, la Fundación reconoce que la sanación y la construcción de paz requieren abordar las necesidades específicas de cada grupo, al tiempo que se fortalecen los vínculos entre ellos. Sin embargo, este trabajo suele encontrar resistencias profundas asociadas al miedo, los prejuicios y la desconfianza.

A través de espacios seguros de encuentro, diálogo, arte, juego y acompañamiento psicosocial, las personas acceden gradualmente a recursos que les permiten acercarse a experiencias y heridas que antes resultaban demasiado difíciles de afrontar. Al sentirse más seguras, apoyadas y conectadas con otras personas, pueden comenzar a soltar roles y etiquetas, para así, reencontrarse consigo mismas y con los demás desde una humanidad compartida.

Programas como Teje la Vida muestran cómo la creación deliberada de condiciones para la sanación puede ayudar a transformar dinámicas que parecían inamovibles. Al fortalecer habilidades socioemocionales, ofrecer espacios seguros para procesar experiencias dolorosas y reconstruir la confianza entre personas y comunidades, estos procesos amplían la capacidad individual y colectiva para afrontar aquello que antes generaba evitación o resistencia. De este modo, abren posibilidades de reconciliación, cohesión social y construcción de futuros compartidos que difícilmente podrían lograrse únicamente mediante cambios estructurales.

5. Sanar las relaciones entre las personas de un sistema puede cambiar el comportamiento del sistema.

Aunque es importante que cada persona trabaje en su propio trauma, un marco individualista no es suficiente. Las dimensiones colectivas y sistémicas del trauma requieren de un contexto relacional para lograr la sanación. Sanamos más profundamente a través de los demás, y en comunidad con ellos. Como señala Kazu Haga, autor de Healing Resistance, «Se nos pide que sanemos individualmente heridas que son sistémicas y sociales».

El poder reparador de las relaciones es quizá uno de los puntos de apoyo más importantes para transformar el comportamiento de un sistema y los resultados que produce. «El trauma vive en los sistemas y en las personas que prestan servicios dentro de los mismos», afirma Celina de Sola, cofundadora de Glasswing International. «Intentamos redescubrir el poder de la sanación del trauma en contextos que no fueron diseñados para sanar, porque cambiar ese paradigma podría ser transformador».

La experiencia de Glasswing, cuya labor ha abarcado más de 2 millones de personas en 12 países, muestra cómo los cambios sistémicos pueden comenzar con cambios en las relaciones. Su trabajo, basado en enfoques de terapia cognitivo-conductual, prácticas restaurativas y técnicas de relajación respiratoria, ayuda a docentes, profesionales de la salud, policías y otros servidores públicos a comprender cómo el trauma afecta sus cuerpos, emociones y comportamientos. 

Cuando las personas reconocen sus propias respuestas al trauma, pueden identificar esas mismas dinámicas en otros y responder de maneras diferentes. Cientos de escuelas, hospitales y organismos encargados de hacer cumplir la ley integran ahora la perspectiva del trauma en la prestación de servicios y cuidados, con la inclusión de especialistas trabajando de tiempo completo y protocolos de intervención y derivación. Esto transforma las interacciones cotidianas, fortalece la confianza y modifica gradualmente la forma en que las instituciones se relacionan con las personas a las que sirven.

«Ese es el asombroso poder de las relaciones», afirma de Sola. «En cierto modo, se trata de volver a aprender a aprovechar la compasión para ayudar a otros a sanar y ayudarnos a nosotros mismos a sanar».

Transformar los sistemas mediante la sanación colectiva

En el contexto de la transformación de los sistemas, la sanación colectiva ayuda a las personas y a los grupos de un sistema a distinguir y reparar tanto el daño que han sufrido como el que han causado a otros; a transformar la energía destructiva que deja el trauma en una mayor conciencia, compasión y aprendizaje; y a encontrar maneras nuevas y más creativas de prosperar y colaborar para cambiar el comportamiento del sistema.

Dicho esto, no es realista esperar que todas las personas de un sistema participen simultáneamente en un proceso de sanación colectiva. La falta de aceptación inicial, junto con limitaciones logísticas, financieras y de capacidad, hacen inviable esta posibilidad. En Collective Change Lab hemos comprendido que el cambio sistémico centrado en la sanación rara vez comienza transformando un sistema entero de manera inmediata. Más bien, suele comenzar mediante el cultivo de lo que llamamos «islas de coherencia» : relaciones, grupos, organizaciones y comunidades que desarrollan niveles suficientes de confianza, seguridad, alineación y profundidad relacional para responder a los desafíos de maneras que no están dominadas por el trauma.

A través de nuestro trabajo actual, basado en el modelo de sanación de sistemas desarrollado por nuestra colega Louise Marra en Aotearoa (Nueva Zelanda), hemos observado que cuando las personas profundizan su capacidad de conexión, metabolizan el trauma y el duelo, y fortalecen los recursos disponibles para sí mismas y para los demás, emergen nuevos patrones de relación y acción. El modelo de Marra, quien tiene ascendencia maorí y celta, ha sido desarrollado durante más de una década, profundamente informado por la cosmovisión y las tradiciones de sanación de sus ancestros.

Estas islas de coherencia actúan como demostraciones vivas de formas alternativas de relacionarnos y organizarnos. Con el tiempo, pueden influir en el campo social más amplio, creando las condiciones para que la sanación, la adaptación y la transformación se propaguen a través del sistema en su conjunto. En muchos casos, los líderes del cambio social que han integrado la sanación colectiva en su trabajo de cambio sistémico se inspiran también en culturas indígenas, sabiduría y tradiciones espirituales practicadas durante miles de años, así como en enfoques actuales como la justicia restaurativa y las iniciativas de verdad y reconciliación. Un ejemplo de esto es el Equipo de Estudios Comunitarios y Acción Psicosocial (ECAP), quien trabaja desde 1996 con el objetivo de establecer las bases para iniciar procesos de reparación psicosocial en relación a los daños sociales, culturales y psíquicos provocados por la violencia política en individuos, grupos sociales y comunidades de Guatemala. 

Su trabajo con mujeres sobrevivientes muestra cómo la sanación colectiva puede contribuir a transformar las consecuencias del trauma histórico y colectivo. A través de procesos de memoria, verdad, reconocimiento y acompañamiento comunitario, las participantes han podido devolver la culpa y la vergüenza a quienes corresponden, recuperar la confianza en sí mismas y en sus cuerpos, fortalecer el valor de sus propias voces y reconstruir vínculos dañados por décadas de violencia y exclusión. Estos procesos no solo apoyan la sanación individual, sino que también contribuyen a restaurar el tejido relacional y comunitario sobre el que se construye una sociedad más justa y resiliente.

Otro ejemplo es la Liga de Cantaoras de Alabaos de Bojayá, en el departamento del Chocó, Colombia. A través de una tradición ancestral afrodescendiente de canto colectivo, las cantaoras han acompañado con su voz a sus comunidades en la elaboración de pérdidas, duelos y traumas provocados tanto por la violencia reciente como por heridas históricas que se remontan a la esclavitud, la colonización y la exclusión persistente.

Tras la masacre de Bojayá ocurrida el 2 de mayo de 2002, en la que murieron más de cien personas, los alabaos adquirieron una renovada importancia como práctica comunitaria de duelo, memoria y sanación. A través del canto, las comunidades honran a sus muertos, expresan el dolor colectivo y fortalecen los vínculos que sostienen la vida comunitaria. Al mismo tiempo, preservan una tradición que mantiene viva la relación con los ancestros y transmite sabiduría, identidad y resiliencia de una generación a otra.

La experiencia de las cantaoras muestra cómo las prácticas culturales y espirituales, arraigadas en una comunidad, pueden convertirse en poderosos espacios de sanación colectiva, ayudando a transformar el dolor en memoria, conexión y esperanza compartida.

Aunque ciertamente no existe un enfoque único, dada la importancia primordial del contexto histórico y cultural, varias prácticas de sanación colectiva trascienden los contextos culturales y geográficos, entre ellas:

  • Honrar y abrazar las tradiciones culturales, las identidades y los idiomas de todas las personas involucradas o afectadas por los procesos de cambio social.
  • Incorporar prácticas corporales como la danza, el canto, la meditación grupal  y el trabajo somático para ayudar a los participantes a reconectar con su cuerpo y regular su sistema nervioso.
  • Enfocarse en prácticas relacionales horizontales, como los círculos de sanación, que promueven la escucha empática y reducen los desequilibrios de poder. 
  • Incluir la atención plena u otras prácticas de cultivo de la conciencia para reforzarla, e incrementar la capacidad de las personas de reconocer y acoger sus propios estados activados y los de los demás.
  • Reconectar con la naturaleza y su poder curativo como parte fundamental del proceso.
  • Explorar el poder de narrar y apropiarse de la historia personal, así como  dar testimonio, con previa autorización, de las historias de los demás.
  • Imbuir el proceso de sacralidad mediante rituales, como hacer una ofrenda o bendición tradicional, leer un texto o poema espiritual, reconocer y hacer presentes a los antepasados y a las generaciones anteriores, o compartir leyendas o historias tradicionales.

Estas prácticas pueden parecer sencillas, incluso obvias. Sin embargo, en los principales esfuerzos de cambio social rara vez reciben prioridad, apoyo financiero o una incorporación sistemática con intención y habilidad. A menudo, esto se debe a que los líderes consideran que las prácticas de sanación colectiva son irrelevantes para lograr los resultados que se han propuesto o que no es una buena forma de emplear el tiempo en resolver los problemas que se plantean. Nosotros creemos lo contrario: Sólo centrando las prácticas sanadoras en las formas de trabajar del sector podemos crear la amplitud interior y las condiciones externas para que se produzca la transformación del sistema.

Hacia sistemas que sanan

Un mayor nivel de conciencia y un discurso abierto sobre el trauma individual, intergeneracional, colectivo e histórico en los sistemas que nos rodean tienen el poder de transformar nuestros esfuerzos para resolver problemas sociales. Abordar el trauma sistémico requiere que creemos un espacio para que los líderes del cambio social, los equipos y las colaboraciones se comprometan a comprender cómo el trauma que llevamos dentro afecta a los problemas que enfrentamos fuera. También requiere que los líderes del cambio social, los expertos en trauma y los sanadores tradicionales y profesionales forjen colectivamente un lenguaje común; construyan confianza, relaciones y alianzas; y aboguen juntos por la integración de los procesos de sanación colectiva en el trabajo de cambio sistémico.

Muchas de las prácticas de sanación aquí descritas tienen raíces antiguas, ya que se inspiran en tradiciones que las comunidades han mantenido durante milenios. Sin embargo, su aplicación en el contexto del cambio social es relativamente reciente. Para transformar verdaderamente los sistemas, es fundamental adoptar una perspectiva informada en el trauma que analice las condiciones que perpetúan los problemas, implementar un enfoque centrado en la sanación y explorar experiencias que fomenten la sanación colectiva, particularmente las de estirpe local en cada contexto. Este camino nos permite a la sociedad reconectar con nuestra humanidad compartida más profunda y desbloquear todo nuestro potencial creativo para abordar colectivamente los grandes desafíos sociales y medioambientales del mundo actual.

Nota

Las ideas principales de este artículo aparecen en el artículo de SSIR EUA “Healing Systems”, como parte de la Centered Self Series publicada en colaboración con Skoll Foundation, India Development Review, Greater Good Science Center y The Wellbeing Project.

Nuestra perspectiva ha sido significativamente influida por la sabiduría de líderes de cambio social con quienes hablamos, provenientes de cuatro continentes, algunos de los cuales citamos en este artículo, pero todos contribuyeron generosamente con sus experiencias.

Los autores, en colaboración con SSIRñ, revisaron el artículo para adaptarlo a la región hispanohablante, incluyendo ejemplos de América Latina, para lo cual agradecemos la invaluable contribución de Mireya Vargas.

Autores:

  • Laura Calderón de la Barca es asociada senior en Collective Change Lab. Es psicoterapeuta especializada en trauma colectivo y exintegrante de la Academy of Inner Science y del Pocket Project, iniciativas fundadas por Thomas Hübl. 
  • Katherine Milligan es Senior Fellow en Dartmouth College y en la IMD Business School. Además, asesora estratégicamente a empresas sociales y fundaciones en el impulso de cambios sistémicos.
  • John Kania es el fundador y director ejecutivo de Collective Change Lab. Anteriormente, se desempeñó como director global de FSG.
Este artículo es contenido original de la Revista Stanford Social Innovation Review.

 

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