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Llegar antes de la crisis: Una estrategia colombiana para promover la salud mental y prevenir la discapacidad psicosocial

2026-07-01
Camila Castellanos y Ma. José Cardona
SSIRñ #20
Salud mental: el poder de los entornos resilientes
Originales en Español
Artículo patrocinado FSC
Destacados SSIRñ20

El mayor desafío para la salud mental en América Latina no es únicamente ampliar la atención cuando la crisis ya ocurrió. Es aprender a llegar antes: fortalecer capacidades, construir entornos más resilientes e inclusivos y reconocer que la salud mental no se limita a la ausencia de enfermedad, sino a garantizar recurso para el bienestar, la participación y el desarrollo de las personas y sus comunidades.

A pesar de los avances en la comprensión de la salud mental, en 2023, el Ministerio de Salud y Protección Social de Colombia registró más de 9,2 millones de consultas relacionadas por trastornos mentales y del comportamiento. Detrás de estas cifras se esconde una realidad menos visible: personas que viven con depresión, ansiedad, trastorno bipolar, esquizofrenia u otras condiciones psicosociales que no siempre reconocen las barreras que enfrentan para trabajar, estudiar, relacionarse, cuidarse o participar en la vida comunitaria y que estas pueden constituir una forma de discapacidad. A diferencia de otras discapacidades, las discapacidades psicosociales suelen permanecer invisibles, son poco comprendidas y, con frecuencia, están rodeadas de estigma, culpa y autoexigencia.

La Encuesta Nacional de Salud Mental 2025 complementa esta lectura al mostrar que el 8,6 % de los colombianos reportó tener un diagnóstico de trastorno mental realizado por un profesional de la salud. Sin embargo, solo la mitad de estas personas buscó atención en salud mental durante el último año y, de quienes la buscaron, el 82% la recibió efectivamente. Estos datos evidencian que el reto no es únicamente identificar diagnósticos, sino reducir las barreras que impiden reconocer la necesidad de apoyo, buscar atención oportuna y sostener procesos de cuidado e inclusión.

Participantes de programas de salud mental desarrollados por la Fundación Saldarriaga Concha han compartido esta experiencia de manera recurrente: «yo sabía que algo me estaba pasando, pero nunca pensé que pudiera necesitar apoyos, sentía que simplemente tenía que esforzarme más y seguir adelante». Como ella, muchas otras personas señalan que, durante años, interpretaron sus dificultades para trabajar, estudiar, relacionarse o participar socialmente como una falta de voluntad y no como el resultado de una condición que requería apoyo. Otras describen cómo el miedo al rechazo les impidió buscar ayuda o comunicar lo que estaban viviendo.

La invisibilidad no solo afecta a las personas, sino que también se reproduce en las instituciones. Aunque los marcos internacionales de derechos humanos reconocen la discapacidad psicosocial como una forma legítima de discapacidad, en la práctica, muchas estrategias de inclusión, protección social, empleo, educación o participación continúan concentrándose principalmente en discapacidades físicas o intelectuales. Como resultado, miles de personas con trastornos mentales quedan fuera de programas de apoyo, sistemas de cuidado y oportunidades de inclusión social.

Esta realidad resulta especialmente urgente en Colombia y America Latina. La Encuesta Nacional de Salud Mental 2025 en Colombia evidenció que cerca del 57.3% de los niños y niñas entre 7 y 11 años han estado expuestos a al menos un evento traumático, mientras que, en adolescentes y adultos, las experiencias de violencia, pérdidas significativas y la exposición a situaciones de alta adversidad continúan siendo frecuentes. Asimismo, uno de cada diez adolescentes reportó síntomas compatibles con trastornos afectivos o de ansiedad, y los problemas relacionados con el consumo de sustancias psicoactivas continúan representando un desafío importante para la salud pública.

Estas condiciones no ocurren en el vacío: se encuentran estrechamente vinculadas a factores estructurales como la pobreza, las desigualdades territoriales, la violencia, el desplazamiento forzado, la exclusión social y las limitadas oportunidades de participación. La Encuesta Nacional de Salud Mental 2025 reportó que el 20.3% de la población ha experimentado discriminación, adicional a esto, Colombia alberga una de las mayores poblaciones de víctimas de conflicto armado del mundo, con más de nueve millones de personas registradas por la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas.

Según las estimaciones de la Organización Mundial de la Salud, una de cada ocho personas en el mundo vive con algún trastorno mental, mientras que en América Latina la brecha de tratamiento supera el 70%, es decir, la mayoría de las personas que requieren atención nunca la reciben. Esta situación es particularmente preocupante en zonas rurales, territorios afectados por el conflicto armado y comunidades históricamente excluidas, donde la disponibilidad de servicios especializados es limitada y las barreras geográficas, económicas y culturales dificultan el acceso a recibir atención oportuna.

La evidencia también muestra que los problemas de salud mental generan consecuencias más allá del ámbito clínico. Se asocian con mayores dificultades educativas, desempleo, pobreza, exclusión social, deterioro de la salud física y reducción de la participación comunitaria. En otras palabras, la salud mental no constituye únicamente un asunto de salud pública: es una condición necesaria para el desarrollo humano, la inclusión social y el ejercicio efectivo de los derechos.

Durante las últimas décadas, Colombia ha construido uno de los marcos normativos más robustos de América Latina en materia de salud mental. Un punto de inflexión ocurrió en 2013 con la promulgación de la Ley 1616, que reconoció la salud mental como un derecho fundamental, un asunto prioritario de salud pública y una responsabilidad compartida entre el Estado, las comunidades y la sociedad. La Política Nacional de Salud Mental de 2018 profundizó esta visión al incorporar explícitamente cuáles son los determinantes sociales de la salud, reconociendo que la pobreza, la violencia, la exclusión, el desempleo, las condiciones educativas y las oportunidades de participación influyen en el bienestar psicológico de las personas. Sin embargo, estas leyes y políticas no han eliminado las brechas. Diversos estudios continúan documentando que una parte importante de la población sigue sin recibir atención oportuna, especialmente en los territorios rurales y en los contextos de alta vulnerabilidad social.

Esta necesidad ha impulsado el surgimiento de múltiples iniciativas de promoción de la salud mental en Colombia durante las últimas décadas. Una revisión de alcance sobre intervenciones de promoción y prevención en salud mental identificó más de 300 estrategias en Colombia, desarrolladas por entidades gubernamentales, organizaciones no gubernamentales, universidades, organismos de cooperación internacional y fundaciones. La magnitud de esta oferta refleja un aspecto positivo: existe una amplia movilización institucional y social alrededor de la salud mental en el país. Sin embargo, únicamente seis de las más de 300 iniciativas identificadas reportaron evaluaciones sistemáticas de resultados, y solo dos utilizaron diseños experimentales con grupos de comparación o ensayos controlados.

Esta brecha en las evaluaciones limita la capacidad de identificar qué funciona, para quién funciona y bajo qué condiciones. Como resultado, muchas experiencias son difíciles de replicar, adaptar o escalar a otros territorios. Colombia no enfrenta una escasez de iniciativas en salud mental: enfrenta una escasez de evidencia sobre cuáles son pertinentes culturalmente y cuáles logran producir cambios significativos y sostenibles (Ungar, 2021). Es precisamente en este espacio de la innovación comunitaria y la generación de evidencia, donde surge el modelo Conmigo, Contigo, Con Todo (3C) de Fundación Saldarriaga Concha, una estrategia comunitaria de promoción y prevención de la salud mental basada en resiliencia, compasión e inclusión.

«Yo sabía que algo me estaba pasando, pero nunca pensé que pudiera necesitar apoyos, sentía que simplemente tenía que esforzarme más y seguir adelante».
3c
Un estudiante de Tumaco, Colombia, revisa el material pedagógico del programa 3C con herramientas diseñadas para fortalecer habilidades socioemocionales, procesos de reflexión personal, autoconocimiento y construcción de sentido.
La resiliencia, la compasión y la inclusión se fortalecen mutuamente. Las personas que desarrollan una mayor capacidad para reconocer y gestionar sus propias emociones suelen estar mejor preparadas para comprender las experiencias de los demás. 

El modelo 3C: Promover la salud mental desde la resiliencia, la compasión y la inclusión 

La salud mental no depende exclusivamente de los factores biológicos ni de la disponibilidad de servicios especializados. La capacidad para afrontar la adversidad, construir relaciones significativas, participar activamente en la comunidad y encontrar un propósito constituye un conjunto de factores protectores fundamentales para el bienestar psicológico. Estos son recursos individuales, familiares, sociales o comunitarios que aumentan la capacidad de las personas para adaptarse a situaciones adversas y favorecen trayectorias de desarrollo y bienestar más positivas.

Un ejemplo cotidiano es el de una persona que atraviesa una situación difícil —una pérdida, un conflicto familiar, una sobrecarga en el trabajo o una etapa de ansiedad— y no tiene que enfrentarla sola. Puede reconocer lo que está sintiendo, pedir apoyo a alguien de confianza, mantener una rutina que le dé estabilidad y participar en un espacio comunitario, educativo o familiar donde se sienta escuchada, útil y valorada. En esa situación actúan varios factores protectores al mismo tiempo: la capacidad de identificar y regular las propias emociones, la presencia de vínculos que acompañan sin juzgar y la existencia de entornos que favorecen la pertenencia, la participación y el apoyo mutuo. Estos recursos no eliminan la adversidad ni reemplazan la atención especializada cuando se requiere, pero sí pueden evitar que el malestar se viva en soledad y facilitar que la persona pida ayuda a tiempo.

Desde esta perspectiva, la salud mental deja de entenderse como la ausencia de enfermedad y pasa a reconocerse como un recurso que le permite a las personas desarrollarse, relacionarse y participar plenamente en sus comunidades. Bajo esta premisa, la Fundación Saldarriaga Concha desarrolló en el 2015 el modelo Conmigo, Contigo, Con Todo (3C), una estrategia de promoción y prevención en salud mental que busca fortalecer recursos individuales, relacionales y comunitarios a lo largo de la vida. Su propósito no es intervenir cuando aparece un trastorno mental o situación de crisis, sino contribuir al desarrollo de capacidades que permitan afrontar los desafíos de la vida cotidiana, fortalecer vínculos sociales y construir entornos más protectores e inclusivos.

El modelo surge de una pregunta fundamental: ¿Cómo fortalecer la salud mental de las personas antes de que aparezcan situaciones de sufrimiento emocional, exclusión o discapacidad psicosocial? Esta pregunta resulta especialmente relevante en contextos como los latinoamericanos, donde gran parte de los factores que afectan la salud mental están relacionados con fenómenos sociales como la violencia, la pobreza, la discriminación, el aislamiento social o la exclusión de determinados grupos poblacionales.

La respuesta se construyó a partir de tres dimensiones complementarias que reflejan distintos niveles de interacción humana.

1. Conmigo | Este componente busca fortalecer la relación que cada persona construye consigo misma, entendiendo que la salud mental también se nutre de la manera en que interpretamos nuestras experiencias, gestionamos nuestras emociones y afrontamos las dificultades. Se promueve el desarrollo de capacidades personales como el autoconocimiento, la regulación emocional, la resiliencia, la autocompasión, el sentido de vida y la capacidad de reconocer y movilizar recursos propios frente a la adversidad.

Un ejemplo de adaptación cultural ocurrió en Montes de María, donde una docente ajustó un ejercicio de respiración a los recursos disponibles en el entorno. Les pidió a sus estudiantes llevar hojas recogidas en la comunidad y, con un palillo, construyeron pequeños molinos artesanales. A partir de este objeto, los niños y niñas practicaban inhalar y exhalar observando cómo el aire movía las hojas. Esta adaptación permitió que una técnica de regulación emocional se volviera concreta, cercana y significativa: el movimiento del molino ayudaba a reconocer el ritmo de la respiración, disminuir la activación emocional y recuperar la calma a partir de un elemento propio del territorio.

2. Contigo | Este componente parte de la evidencia que muestra que la calidad de las relaciones interpersonales constituye uno de los principales factores protectores de la salud mental a lo largo de la vida. Reconoce que el bienestar no se construye en aislamiento, por ello fortalece habilidades asociadas con la empatía, la compasión, la comunicación, la resolución pacífica de conflictos y la construcción de relaciones saludables.

Un ejemplo de ello, se dio en una comunidad del Pacífico colombiano, donde el ejercicio sobre actos cotidianos de bondad y empatía se conectó con prácticas propias del territorio, como el saludo en el camino, el compartir alimentos, acompañar a una persona mayor o escuchar a quien atraviesa un momento difícil. Como parte del ejercicio, los participantes crearon un canto sobre la empatía, retomando el ritmo, la oralidad y las formas expresivas propias de la comunidad. Esta adaptación permitió que la empatía dejara de ser un concepto abstracto y se convirtiera en una práctica reconocible, cantada y compartida, conectada con las formas locales de apoyo, reciprocidad y cuidado.

3. Con Todo | Esta dimensión busca que las personas comprendan que forman parte de sistemas más amplios, como las familias, las escuelas, las organizaciones, las comunidades y los territorios, y que el bienestar individual está profundamente conectado con el bienestar de lo que los rodea. Amplía la mirada hacia el entorno y promueve la participación social, la corresponsabilidad, el reconocimiento de la diversidad, la inclusión y el cuidado colectivo.

Un ejemplo es a partir del ejercicio «Yo te cuido, tú me cuidas», orientado a identificar factores de riesgo y factores protectores. En una comunidad, la actividad se transformó en una cartografía del cuidado: los participantes dibujaron los lugares, personas y prácticas que podían proteger la salud mental en su vida cotidiana, como la familia extensa, la escuela, las autoridades comunitarias, los espacios de encuentro, las rutas para buscar ayuda, las prácticas espirituales y los momentos de conversación colectiva. También identificaron riesgos presentes en el entorno, como el aislamiento, la falta de transporte, las tensiones familiares o las barreras para acceder a servicios. Esta adaptación permitió que el ejercicio no se limitara a reconocer riesgos individuales, sino que ayudara a comprender cómo el territorio, la cultura, las redes comunitarias y las instituciones pueden convertirse en factores protectores cuando actúan de manera articulada.

Actividad pedagógica 3C
Actividad pedagógica de autoconocimiento y regulación emocional desarrollada por estudiantes de Boyacá, Colombia en el marco programa 3C.

Esta estructura reconoce que la salud mental no es un fenómeno individual. Las personas desarrollan bienestar mediante la interacción constante con sus familias, comunidades, instituciones y contextos sociales (Bronfenbrenner y Morris, 2006). Por esta razón, los problemas de salud mental no pueden comprenderse exclusivamente desde una perspectiva clínica, ni las soluciones pueden limitarse al tratamiento individual. La promoción de la salud mental requiere fortalecer simultáneamente capacidades personales, relaciones sociales y condiciones comunitarias.

Es precisamente aquí donde el modelo 3C incorpora una visión diferencial de la inclusión: las sociedades inclusivas no se construyen únicamente mediante ajustes institucionales o normativos, sino a través del desarrollo de capacidades socioemocionales propias y de entornos que permitan reconocer la dignidad humana, valorar la diversidad y construir relaciones basadas en el respeto, la empatía y la solidaridad. Así lo refiere una de nuestras participantes: «3C me ha enseñado que mi bienestar no depende solo de mí. También depende de sentir que pertenezco, que puedo participar y que hay personas dispuestas a acompañarme cuando las cosas se ponen difíciles».

Desde esta perspectiva, la resiliencia, la compasión y la inclusión no son conceptos independientes. Se fortalecen mutuamente. Las personas que desarrollan una mayor capacidad para reconocer y gestionar sus propias emociones suelen estar mejor preparadas para comprender las experiencias de los demás. A su vez, las comunidades que promueven relaciones compasivas y respetuosas generan condiciones más favorables para la participación, la pertenencia y el ejercicio de derechos.

Un ejemplo de esto se muestra en Necoclí, una de las comunidades donde hemos aplicado el modelo, después de una inundación que dificultó el acceso institucional para apoyar a personas que habían quedado aisladas. Frente a la emergencia, la comunidad se organizó, identificó los recursos disponibles y construyó balsas artesanales para llegar hasta quienes necesitaban ayuda. En este caso, la adaptación cultural no consistió únicamente en modificar una actividad pedagógica, sino en comprender cómo los aprendizajes del modelo podían traducirse en acciones reales de solidaridad, cuidado colectivo y respuesta comunitaria ante las condiciones climáticas y territoriales.

Así pues, la meta principal de 3C no consiste únicamente en mejorar los indicadores de bienestar psicológico. Su propósito es contribuir a la construcción de entornos donde más personas puedan participar activamente, sentirse valoradas y desarrollar sus proyectos de vida. En este sentido, la promoción de la salud mental se convierte también en una estrategia de inclusión social.

El modelo 3C se ha implementado con niños, niñas, adolescentes, docentes, personas cuidadoras, líderes comunitarios y personas mayores, adaptando sus contenidos y metodologías a las características de cada población, sin perder sus principios fundamentales.

Producir conocimiento aplicado 

De acuerdo con la OMS, cada vez es más necesario demostrar que las estrategias preventivas y promocionales también pueden producir transformaciones medibles, relevantes y sostenibles en la vida de las personas y las comunidades. Consciente de este desafío, la Fundación Saldarriaga Concha decidió convertir la producción de conocimiento en uno de los pilares fundamentales de su estrategia. Desde sus primeras implementaciones, el modelo 3C incorporó sistemas rigurosos evaluación orientados a medir variables asociadas al bienestar socioemocional, los factores protectores y los riesgos en salud mental, tales como la resiliencia, la compasión, el comportamiento prosocial, la ansiedad, la depresión y los síntomas de estrés postraumático.

La apuesta fue innovadora porque no se limitó a evaluar a las poblaciones con diagnósticos clínicos. Por el contrario, partió de una perspectiva preventiva: medir y fortalecer a los factores protectores antes de la aparición de problemas severos de salud mental. Esta aproximación se encuentra alineada con la evidencia internacional de la OCDE que señala que las competencias socioemocionales pueden actuar como mecanismos protectores frente a múltiples riesgos psicosociales a lo largo de la vida.

Durante diez años, el modelo 3C ha formado a 63,168 personas en 391 municipios del país (equivalente al 35% del territorio nacional), tanto en procesos de operación directa como estrategias de transferencia a organizaciones aliadas. Este recorrido le ha permitido a la Fundación acumular mediciones en distintos contextos territoriales, consolidando una de las experiencias más amplias de evaluación desarrolladas desde la sociedad civil en Colombia.

Uno de los hitos más importantes ha sido la evaluación del modelo 3C mediante ensayos clínicos aleatorizados con 460 adolescentes afrocolombianos vinculados a instituciones educativas y expuestos a las consecuencias del conflicto armado en Tumaco. Seis meses después del programa se observaron aumentos significativos en resiliencia, compasión y comportamiento prosocial, junto con reducciones sustanciales en ansiedad, depresión y síntomas de estrés postraumático: la depresión disminuyó de 54% a 21%, mientras que los síntomas de estrés postraumático se redujeron de 58% a 18%. Estos resultados confirman que el fortalecimiento de capacidades socioemocionales en el entorno escolar contribuyen a proteger la salud mental de jóvenes expuestos a múltiples formas de adversidad.

Además, el modelo 3C también fue evaluado en tres departamentos del país, que incluyó a 3,335 estudiantes y 456 docentes. Los resultados cuantitativos mostraron mejoras significativas en resiliencia, compasión y menos síntomas depresivos en docentes, así como mayor resiliencia y prosocialidad y reducciones en ansiedad y estrés postraumático en estudiantes. Los hallazgos cualitativos mostraron transformaciones en autocuidado, regulación emocional, empatía, apoyo mutuo y solidaridad: «La resiliencia se ha convertido en esa capacidad de transformar, de volver a crear y de darse una nueva oportunidad, porque a veces sanar ciertas cosas pues no es fácil, pero es como darse ese abracito y esa oportunidad de creer en sí mismo, de que sí puede haber como una transformación».

Estos resultados sugieren que más personas se sienten capaces de afrontar situaciones difíciles, buscar apoyo cuando lo necesitan, relacionarse de manera positiva con quienes les rodean y mantener la esperanza frente a la adversidad. Para muchas de ellas, estos cambios se reflejan en acciones concretas como volver a participar en espacios comunitarios, fortalecer vínculos familiares o encontrar nuevas formas de afrontar experiencias difíciles. Además, la consistencia de estos resultados en territorios cultural y geográficamente diversos demuestra que el modelo 3C tiene una capacidad de adaptación territorial.

Esta experiencia acumulada por la Fundación Saldarriaga Concha aporta una lección relevante: la promoción de la salud mental puede medirse, evaluarse y demostrar resultados. Más aún, puede convertirse en una estrategia costo-efectiva para fortalecer capacidades individuales y colectivas antes de que aparezcan situaciones de sufrimiento más severas o procesos de discapacidad psicosocial.

Programa 3C
El programa 3C se adapta a los contextos y las realidades sociales, culturales y educativas de cada territorio, promoviendo aprendizajes significativos para sus trayectorias de vida, como ocurre en esta sesión de formación con estudiantes afrocolombianas de Tumaco.

Fortalecer capacidades con propósito

Como ocurre con muchas innovaciones sociales, el modelo 3C comenzó con implementaciones directas. Durante sus primeros años, la Fundación Saldarriaga Concha lideró los procesos de formación, acompañamiento y evaluación en diferentes territorios del país. Este enfoque permitió probar la metodología, adaptarla a distintos contextos y comprender cuáles eran las condiciones necesarias para promover la salud mental en poblaciones diversas, curso de vida y discapacidad. La operación directa permitió acumular uno de los activos más importantes de la estrategia: conocimiento práctico.

A medida que los resultados comenzaron a consolidarse y la evidencia científica respaldó la efectividad del modelo, surgió una pregunta inevitable: ¿cómo lograr que más personas pudieran beneficiarse de esta estrategia sin depender exclusivamente de la capacidad operativa de una sola organización?

Colombia y América Latina enfrentan brechas de cobertura que afectan a millones de personas, especialmente en territorios rurales, comunidades vulnerables y contextos con limitada disponibilidad de servicios especializados. Los desafíos de salud mental que enfrenta América Latina son demasiado grandes para ser abordados por una sola institución. La sostenibilidad de cualquier innovación social requiere que el conocimiento pueda circular, ser apropiado, adaptarse y replicarse en múltiples contextos sin perder calidad ni efectividad.

Fue así como la Fundación inició una transición gradual de un modelo de operación directa hacia una estrategia para transferir conocimiento y formar capacidades. Durante los últimos cuatro años, este componente se ha convertido en uno de los principales mecanismos para ampliar el alcance de la iniciativa. Esto dio origen a uno de los principios más distintivos de la Fundación Saldarriaga Concha: «llegar a otros sin nosotros». La frase resume una convicción profunda: el éxito de una intervención social no debe medirse únicamente por la cantidad de personas atendidas directamente por una organización, sino por dejar capacidades instaladas que permitan a otros continuar el trabajo de manera autónoma y sostenible.

Con este propósito, la Fundación diseñó un modelo de transferencia alrededor de cuatro componentes:

Formación | Busca desarrollar competencias conceptuales y metodológicas en los equipos implementadores.

Acompañamiento técnico | Permite resolver desafíos asociados a la adaptación territorial y al proceso de implementación.

Monitoreo | Facilita el seguimiento de la calidad de la intervención.

Evaluación | Permite verificar que los resultados esperados continúan produciéndose en distintos contextos. Este último componente es central pues en lugar de desarrollar instrumentos propios, la Fundación optó por utilizar escalas psicométricas validadas internacionalmente para medir variables como resiliencia, compasión, ansiedad, depresión y estrés postraumático. Esta decisión permitió garantizar comparabilidad con la evidencia global, facilitar la interpretación de resultados y mantener estándares metodológicos consistentes entre territorios. Adicionalmente, la selección de instrumentos se alineó con las recomendaciones técnicas del Ministerio de Salud y Protección Social de Colombia.

Uno de los principales resultados de esta experiencia fue la construcción de un Manual de Transferencia, concebido como una herramienta para democratizar el conocimiento. El Manual de Transferencia se realizó de manera gradual y acumulativa. La pregunta que orientó su desarrollo fue aparentemente simple: ¿qué necesitaría una organización que nunca ha trabajado con el modelo para implementarlo de manera exitosa?

Más que un documento único, el manual se construyó como un conjunto de siete cartillas organizadas según los diferentes actores involucrados en la implementación del modelo. Estas cartillas abarcan desde aspectos administrativos y de gestión, hasta orientaciones para la formación, el acompañamiento, la adaptación territorial y los procesos de monitoreo y evaluación. Más que un conjunto de instrucciones, el manual incorpora criterios de calidad, estándares mínimos de implementación, orientaciones para la adaptación territorial y mecanismos de seguimiento que facilitan una réplica rigurosa y flexible.

Docentes de Bocaya
Docentes de Boyacá, Colombia se apropian de conocimientos herramientas, contenidos, metodologías y enfoques para replicarlas con estudiantes en múltiples instituciones educativas del territorio.

En la práctica, el Manual de Transferencia ha permitido adaptar el modelo a contextos tan diversos como instituciones educativas urbanas, comunidades rurales, territorios amazónicos y municipios afectados por el conflicto armado. Aunque los contenidos centrales permanecen estables, las metodologías, los ejemplos y las dinámicas se ajustan a las características culturales y organizacionales de cada territorio, favoreciendo procesos de apropiación local.

Con este propósito, la transferencia es un mecanismo que equilibra fidelidad y adaptación: preserva los principios esenciales del modelo, al tiempo que permite responder a las particularidades de cada contexto. Gracias a esta apuesta, organizaciones sociales, entidades territoriales e instituciones educativas han comenzado a implementar la estrategia en distintos contextos del país, ampliando significativamente su alcance y contribuyendo a la construcción de una red creciente de actores comprometidos con la promoción de la salud mental y la inclusión social.

La experiencia ha permitido identificar desafíos de su replicabilidad tales como la resistencia inicial a los procesos de medición, las diferencias en las capacidades de las organizaciones implementadoras y, especialmente, la sostenibilidad de las acciones en el tiempo. Frente a este último reto, la Fundación ha comprendido que los resultados dependen menos de la continuidad de proyectos específicos y más de la capacidad para instalar conocimientos, prácticas y hábitos que puedan mantenerse de manera autónoma.

En un campo donde muchas iniciativas desaparecen cuando finalizan los recursos, la transferencia representa una forma distinta de entender el impacto: no como aquello que una organización hace por otros, sino como la capacidad de dejar capacidades que permanezcan y generen valor mucho después de su intervención.

Incidir para transformar sistemas

Un programa puede transformar la vida de miles de personas, pero difícilmente logrará modificar las condiciones estructurales que afectan la salud mental si sus aprendizajes no llegan a las políticas públicas, los sistemas educativos, las agendas territoriales y las instituciones responsables de la toma de decisiones. Por esta razón, la Fundación Saldarriaga Concha ha complementado sus estrategias de investigación e implementación con una apuesta decidida por la incidencia. Más que promover un modelo específico, el objetivo ha sido contribuir a una conversación más amplia sobre cómo entender, medir y promover la salud mental en Colombia.

Con esta visión, la Fundación ha participado en espacios técnicos, mesas de trabajo, procesos de formulación de lineamientos y escenarios de discusión intersectorial relacionados con salud mental, educación, discapacidad, envejecimiento, inclusión y bienestar. Estos espacios han permitido conectar la evidencia producida en los territorios con las discusiones nacionales sobre políticas públicas, aportando una perspectiva centrada en la promoción, la prevención y el fortalecimiento de capacidades.

La participación en estas mesas ha tenido un propósito claro: posicionar la importancia de invertir no solo en la atención de los problemas, sino en los factores protectores que permiten prevenirlos. Si queremos construir sociedades mentalmente más saludables, también debemos preguntarnos qué protege a las personas.

  • ¿Cómo medimos la resiliencia?
  • ¿Cómo identificamos comunidades con mayores niveles de apoyo social?
  • ¿Cómo sabemos si una intervención fortalece la compasión o la capacidad de resolver conflictos de manera pacífica?

Preguntas de resiliencia

 

Docentes en el programa 3C en un módulo de regulación emocional.
Docentes en el programa 3C en un módulo de regulación emocional.

Estas preguntas han orientado una parte importante de la agenda de incidencia de la Fundación. A través de sus procesos de investigación y evaluación, la organización ha contribuido a demostrar que variables como la resiliencia, el comportamiento prosocial, la compasión, la participación comunitaria y el bienestar subjetivo pueden medirse de manera rigurosa y convertirse en insumos valiosos para la formulación de políticas públicas.

La discusión sobre indicadores puede parecer un asunto técnico, pero tiene profundas implicaciones prácticas. Lo que los países deciden medir suele convertirse en aquello que priorizan, financian y gestionan. En consecuencia, ampliar los indicadores de salud mental implica ampliar también la forma en que entendemos el bienestar de las personas y las comunidades.

Este trabajo no habría sido posible sin la construcción de alianzas. Universidades, organizaciones sociales, entidades territoriales, organismos internacionales y actores gubernamentales han contribuido a fortalecer una visión compartida sobre la necesidad de avanzar hacia modelos más preventivos y comunitarios. Esto implica crear espacios de diálogo donde distintos actores reconocen objetivos comunes, comparten evidencia y participan en procesos conjuntos de diseño, implementación y evaluación. Un ejemplo de ello ha sido el trabajo desarrollado con colegios y universidades en territorios rurales dispersos, donde 3C se convirtió en el lenguaje común para articular esfuerzos alrededor de la promoción de la salud mental. Los resultados obtenidos fortalecen la confianza entre actores y facilitan la incorporación progresiva de estos enfoques en agendas institucionales y territoriales.

¿Cómo lograr que más personas pudieran beneficiarse de esta estrategia sin depender exclusivamente de la capacidad operativa de una sola organización?

Este proceso también ha enfrentado desafíos importantes. Las prioridades institucionales no siempre coinciden, los tiempos de la implementación suelen diferir de los ciclos políticos y administrativos, y persisten visiones que entienden la salud mental principalmente desde la atención de los trastornos y no desde la promoción del bienestar. Superar estas barreras ha requerido construir relaciones de largo plazo, demostrar resultados mediante evidencia rigurosa y generar capacidades compartidas que permitan sostener las iniciativas más allá de las personas o administraciones específicas.

Como señaló uno de los aliados institucionales de la estrategia: La única forma de lograr cambios sostenibles es que las personas, las instituciones y los territorios hagan propios estos aprendizajes y los integren en su forma cotidiana de actuar, decidir y relacionarse». (FAN Fundación, 2025).

En un contexto donde los problemas de salud mental continúan creciendo en América Latina, la generación de evidencia y la incidencia basada en conocimiento se convierten en herramientas fundamentales para transformar sistemas y no únicamente programas. La experiencia de la Fundación sugiere que la innovación social alcanza su mayor potencial cuando logra trascender la intervención directa y contribuir a modificar las reglas, prioridades e indicadores que orientan la acción pública.

Llegar antes de la crisis

El mayor desafío para la salud mental en América Latina no es únicamente ampliar la atención cuando la crisis ya ocurrió. Es aprender a llegar antes. Llegar antes de que el sufrimiento se convierta en aislamiento; antes de que la falta de apoyos derive en discapacidad psicosocial; antes de que las escuelas, las familias, los entornos laborales y las comunidades se queden sin herramientas para acompañar a quienes atraviesan situaciones de malestar emocional.

La experiencia de Conmigo, Contigo, Con Todo (3C) muestra que la promoción de la salud mental puede ser mucho más que una aspiración, puede convertirse en una estrategia concreta, medible y transferible para fortalecer capacidades individuales, relacionales y comunitarias. Su principal aporte no está solo en haber demostrado efectos sobre resiliencia o compasión, sino en haber instalado una pregunta distinta en la agenda pública: ¿qué pasaría si los sistemas de salud, educación e inclusión invirtieran con la misma seriedad en fortalecer factores protectores?

Ceremonia de certificación de docentes en Vaupés, Colombia, un colegio en una comunidad indígena que implementa el programa 3C en contextos educativos rurales, étnicos y culturalmente diversos.
Ceremonia de certificación de docentes en Vaupés, Colombia, un colegio en una comunidad indígena que implementa el programa 3C en contextos educativos rurales, étnicos y culturalmente diversos.

Para la Fundación Saldarriaga Concha, el reto ahora es llevar esta experiencia a una nueva escala. La pregunta es cómo convertir una metodología probada, documentada y transferible en una estrategia nacional de promoción y prevención en salud mental comunitaria. Este paso exige alianzas con el Estado, las secretarías de educación y salud, las organizaciones sociales, las universidades y los sistemas de cuidado. También exige proteger la calidad del modelo mientras se adapta a contextos diversos, evitando que el escalamiento diluya aquello que lo hace efectivo.

La respuesta inicial está en la transferencia: formar a otros para que puedan llegar donde la Fundación no llega directamente. Pero transferir no significa simplemente entregar un manual. Significa construir capacidades, acompañar procesos, medir resultados, cuidar la fidelidad metodológica y permitir que cada territorio apropie la estrategia desde su propia realidad. La apuesta por «llegar a otros sin nosotros» es, en el fondo, una apuesta por democratizar el conocimiento y reconocer que la salud mental comunitaria sólo puede sostenerse si permanece en manos de quienes habitan, educan, cuidan y lideran los territorios.

El Manual de Transferencia ha permitido adaptar el modelo a contextos tan diversos como instituciones educativas urbanas, comunidades rurales, territorios amazónicos y municipios afectados por el conflicto armado.

En América Latina, el reto es aún mayor. La región necesita pasar de una agenda centrada casi exclusivamente en la enfermedad, el déficit y la atención especializada hacia una visión más integral, preventiva e inclusiva. Esto no implica abandonar la atención clínica ni desconocer la urgencia de cerrar brechas de tratamiento. Implica reconocer que ningún sistema de salud podrá responder adecuadamente si no se fortalecen también los entornos donde transcurre la vida cotidiana: las escuelas, los hogares, los lugares de trabajo, los espacios comunitarios y las redes de cuidado.

La próxima frontera de la salud mental en la región será construir sistemas capaces de medir cuántas personas enferman y también, qué condiciones las protegen; cuántas reciben tratamiento, y cuántas encuentran apoyo, pertenencia, propósito y oportunidades reales de participación. Para ello, será necesario incorporar indicadores de resiliencia, apoyo social, prosocialidad, compasión, bienestar subjetivo e inclusión en las decisiones públicas. Lo que no se mide difícilmente se prioriza; y lo que no se prioriza rara vez se financia de manera sostenida.

El modelo 3C deja una lección clara: la salud mental no empieza en el consultorio. Empieza mucho antes, en la forma como una persona aprende a comprender sus emociones, en la manera como una comunidad responde al sufrimiento, en la posibilidad de pedir ayuda sin vergüenza, en los vínculos que sostienen y en las instituciones que reconocen la dignidad de quienes han sido históricamente excluidos.

Llegar antes de la crisis no es solo una estrategia de prevención: es una decisión ética y política. Significa afirmar que la salud mental no debe ser un privilegio, sino una responsabilidad colectiva que se cultiva en el día a día. Prevenir la discapacidad psicosocial no significa evitar la diferencia ni negar el sufrimiento, sino construir sociedades más preparadas para acompañar, incluir y cuidar.

Bibliografía
  • Bronfenbrenner, U., & Morris, P. A. (2006). The bioecological model of human development. En W. Damon & R. M. Lerner (Eds.), Handbook of child psychology: Vol. 1. Theoretical models of human development (6th ed., pp. 793–828). John Wiley & Sons.
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Autoras originales: 

  • Camila Castellanos Roncacio: psicóloga con maestría en educación y estudiante doctoral en Neurociencias por la Pontificia Universidad Javeriana. Actualmente se desempeña como Líder de Bienestar Físico y Socioemocional en la Fundación Saldarriaga Concha. Su trabajo se ha centrado en el fortalecimiento de habilidades socioemocionales, el diseño de modelos de cuidado y la articulación entre comunidades, gobiernos locales y aliados estratégicos.
  • María José Cardona Pachón: trabajadora social y especialista en Consultoría en Familia y Redes Sociales. Actualmente se desempeña como coordinadora de la línea de Bienestar Físico y Socioemocional de la Fundación Saldarriaga Concha donde acompaña el diseño, implementación y seguimiento de proyectos orientados al bienestar, el cuidado y el fortalecimiento de capacidades individuales y comunitarias. 

 
Este artículo es contenido original de la revista de Stanford Social Innovation Review en Español.

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