Los profundos avances en la escala y sofisticación de la filantropía estratégica no han mejorados las condiciones sociales. Proponemos la filantropía del empoderamiento como un nuevo enfoque para fomentar la autodeterminación política y social, y así, apoyar a las personas a encontrar sus propias soluciones.
El modelo estadounidense de donaciones caritativas ha creado y sostenido algunas de las instituciones académicas, culturales y médicas más destacadas a nivel mundial. Sin embargo, cuando se trata de resolver los retos más urgentes de nuestra sociedad, la filantropía estratégica (es decir, las iniciativas filantrópicas destinadas a crear soluciones duraderas a problemas sociales) ha sido sorprendentemente ineficaz. En las últimas cuatro décadas, las donaciones filantrópicas en Estados Unidos se han expandido exponencialmente, mientras que la mayoría de los problemas sociales y ambientales han persistido o empeorado. Este fracaso de la filantropía estratégica, creemos, está enraizada en una serie de suposiciones originadas hace más de un siglo y que todavía hoy determinan el sector sin fines de lucro, por ejemplo: que los beneficiarios del apoyo filantrópico son incapaces de resolver sus propios problemas, que los donantes ricos tienen la sabiduría y el incentivo para resolver los retos sociales, y que el sector social es una alternativa efectiva al gobierno para construir una sociedad equitativa y sostenible.
Cada vez más evidencia sugiere que estas suposiciones son incorrectas. Las personas, incluso aquellas que viven en condiciones de pobreza, pueden mejorar sus vidas a través de cantidades modestas de pagos no restringidos en efectivo y el apoyo de sus pares.1 Los donantes ricos a menudo no tienen la experiencia para entender los problemas que intentan resolver y podrían eludir soluciones más profundas porque afectarían su riqueza y prestigio.2 Solo el gobierno tiene la capacidad para atender problemas sociales y ambientales a una escala nacional.
La filantropía no puede simplemente compensar el continuo fracaso de nuestro gobierno al satisfacer las necesidades de toda la población. Sin embargo, el éxito reciente de atraer a electores en Georgia, Arizona y otros estados de Estados Unidos, demuestra que la filantropía sí puede movilizar a votantes y empoderar a la población para elegir un gobierno más representativo que apruebe leyes para el beneficio de todos. La filantropía también puede fomentar la autodeterminación a través del pago de un ingreso básico universal (IBU), la facilitación económica y un cambio impulsado por pares que incentive el éxito individual al tiempo que neutraliza las narrativas sociales racistas y destructivas que impiden el progreso. Dicho enfoque, al cual llamaremos “filantropía del empoderamiento”, requeriría un profundo cambio que se aleje del actual modelo de filantropía estratégica, el cual asuma que los financiadores descubrirán, evaluarán y escalarán soluciones innovadoras implementadas por organizaciones sin fines de lucro. En lugar de tomar decisiones por otras personas, los filántropos deben aprender a empoderar a las personas en un sentido económico y político, y después, celebrar su éxito inspirando a otros. Esto implicaría un rol más importante acelerar un progreso social y ambiental que sea más amplio y duradero.
Para nosotros, esta no fue una conclusión fácil de alcanzar, ya que por mucho tiempo propusimos y practicamos la estrategia filantrópica. Por más de 25 años, Mark investigó, publicó y consultó sobre cómo hacer la filantropía más efectiva. De igual manera, Steve y su difunta esposa, Susan, han sido destacados donantes filantrópicos.
Para Mark, siendo fiduciario de tres pequeñas fundaciones familiares establecidas por sus abuelos y padres, así como miembro de varios consejos de organizaciones sin fines de lucro y planificador de conferencias para financiadores como presidente de la Jewish Funders Network (Red de Financiadores Judíos) en dos periodos, lo llevó a buscar una explicación sobre por qué la filantropía podía hacer tanto bien y, sin embargo, no parecía resolver los problemas de la sociedad. En los noventa, comenzó su trabajo para mejorar la práctica de la filantropía, confiado de que financiar programas sin fines de lucro efectivos era la clave para el progreso social. Esta forma de pensar, junto con la de sus excolegas de la firma global de consultoría sin fines de lucro FSG, continuó evolucionando, pasando de financiar programas individuales a desarrollar estrategias de financiamiento bien investigadas para cambiar sistemas y buscando que condujeran a mejores resultados (de hecho, lo hacen). Desafortunadamente, incluso con dicha mejora, la filantropía estratégica no logró generar la magnitud de cambio necesaria para crear una sociedad equitativa y sostenible.
Hace tiempo que Mark concluyó que el rol más efectivo de los filántropos podría no ser diseñar soluciones para los problemas sociales, sino respaldar un proceso abierto para el cambio. Esta idea surgió por primera vez hace veinte años en “Leading Boldly” (“Liderazgo audaz)”, un artículo de Stanford Social Innovation Review (SSIR) de 2004, escrito en colaboración con Ron Heifetz y John Kania, sobre liderazgo adaptativo, el cual argumentaba que el rol del financiador es crear y sostener las condiciones para que los grupos de interés puedan generar sus propias soluciones. En 2011, “Collective Impact” (“Impacto colectivo”), coescrito junto con Kania, demostró cómo el cambio duradero depende menos de los programas individuales y más de la colaboración continua entre sectores. Publicaciones posteriores también observaron cómo el racismo sistémico profundamente arraigado y otras formas de discriminación mantienen el statu quo, y cómo las falsas narrativas sociales (explicaciones racistas y sexistas ampliamente aceptadas que pretenden justificar dicho statu quo) pueden engañar a los filántropos.3
Sin embargo, más recientemente, Mark tuvo que reconocer que los esfuerzos filantrópicos en torno a diversos problemas parecían abrumarse ant la magnitud y los efectos inmediatos de las leyes, políticas y decisiones judiciales. Por ejemplo, el Affordable Care Act (Ley de Cuidado de Salud Asequible) y la ayuda por COVID-19, demostraron cómo el gobierno puede mitigar rápidamente la enfermedad y la pobreza para millones de personas. En el extremo opuesto del espectro ideológico, los actores políticos y jueces conservadores, junto con cabilderos corporativos, han tenido un éxito asombroso en deshacer décadas de progreso social en temas de equidad racial, derechos reproductivos, derechos LGBTQ+, pobreza, trabajo infantil, seguridad de armas de fuego, protección del voto y regulación ambiental.
Estos reveses convencieron a Mark de que la filantropía nunca podría crear una sociedad más equitativa y sostenible sin enfrentar las duras realidades sobre sus limitaciones inherentes y aumentando drásticamente su participación en el proceso político.
Después de leer el libro más reciente de Steve, How We Win the Civil War (Cómo ganamos la guerra civil), el cual describe la necesidad y la oportunidad de crear una democracia multirracial verdadera, Mark contactó a Steve para entender mejor cómo la filantropía podía influir en la política.
Steve es mejor conocido como columnista frecuente en The Nation y The Guardian, y como autor bestseller del New York Times por su obra Brown Is the New White (Marrón es el nuevo blanco), donde argumenta que, en vez de enfocar casi todos los esfuerzos de acercarse a electores blancos de estados indecisos, el rápido crecimiento de la población electoral de color ha creado una nueva mayoría: electores de color y electores blancos progresistas representan el 51% de todos los votantes elegibles. Steve también es fundador de Democracy in Color (Democracia en Color), una organización enfocada en la estratégica y el análisis político en la intersección entre raza y política.
Los años formativos de Steve estuvieron marcados por el movimiento de derechos civiles y desde entonces se ha sentido atraído por los derechos civiles y la política. En esos años asistía a una iglesia de personas de raza negra, donde su abuelo era ministro. En los años sesenta, los padres de Steve intentaron mudarse a un vecindario predominantemente blanco en Cleveland Heights, Ohio. Cuando el dueño de una casa que querían se rehusó a vendérselas, los padres de Steve trabajaron junto con un activista blanco de derechos civiles para comprarla y después escriturarla a nombre de ellos. Y en 1984, como estudiante activista y líder de la Unión de Estudiantes Negros en la Universidad de Stanford, Steve fue inspirado a unirse a la campaña presidencial de Jesse Jackson y su plataforma Rainbow Coalition (Coalición Arcoíris), donde por primera vez aprendió el poder del mensaje, la organización y la movilización de electores.
Durante las últimas dos décadas, Steve y su difunta esposa, Susan Sandler, han sido filántropos importantes en áreas de políticas electorales y justicia racial. En 2005, formaron parte de los esfuerzos iniciales por parte de muchos de los donantes progresistas más grandes del país al coordinar sus donativos a través de la Democracy Alliance (Alianza por la Democracia). Steve también estuvo involucrado en el financiamiento y creación de varias instituciones progresistas, incluidas ProPublica y el Center for American Progress (Centro por el Progreso Estadounidense), el think tank progresista más grande del país. En 2006, también creó el California Donor Table (Mesa de Donantes de California), un círculo de donantes que trabajan juntos para invertir en comunidades de personas de color. Unos años antes de que Susan falleciera en 2022, tras una batalla contra el cáncer, ella y Steve invirtieron más de 20 millones en grupos en pro de la justicia racial, como parte del compromiso persistente del Susan Sandler Fund (Fondo Susan Sandler) de invertir 200 millones de dólares.
Las inversiones de Steve y Susan en grupos cívicos progresistas han demostrado cómo la participación de la filantropía en la política electoral y de gobierno pueden crear una sociedad más equitativa y justa. Su apoyo a Living United for Change in Arizona (Vivir Unidos por el Cambio en Arizona) en 2016 ayudó a pasar una propuesta de ley que elevó el salario mínimo a 12 dólares la hora. Su financiación del New Virginia Majority (Nueva Mayoría de Nueva Virginia) ayudó a movilizar a los votantes para elegir nuevos legisladores quienes, en 2018, expandieron la elegibilidad de Medicaid para más de 400,000 virginianos de bajos ingresos y, en 2021, aumentaron los salarios mínimos de 800,000 personas.
Todo el trabajo y la experiencia de Steve lo han llevado a reconocer la necesidad de un enfoque filantrópico radicalmente distinto, en particular en estos momentos cuando nuestro país debe superar “los patógenos tóxicos que han sido liberados en el mundo”, como los llama Isabel Wilkerson, autora y periodista ganadora del Premio Pulitzer, y así, revertir la actual destrucción, no solo de las normas sociales, sino de nuestra democracia.
La falsa premisa de Carnegie
El texto fundamental de la filantropía estratégica moderna, el Gospel of Wealth (El evangelio de la riqueza) escrito por Andrew Carnegie y publicado en 1889, revela el paternalismo incrustado en los enfoques actuales de la filantropía estratégica. Carnegie escribió que "la riqueza que pasa por las manos de unos pocos puede convertirse en una fuerza mucho más potente para la elevar nuestra raza que si se distribuyera en pequeñas sumas entre la gente”, y donde “podría desperdiciarse en la indulgencia de los apetitos”. Concluyó que “el hombre rico [debe convertirse] en el… agente de sus hermanos más pobres, poniendo a su disposición su sabiduría, experiencia y capacidad superior para administrar, haciendo por ellos algo mejor de lo que ellos harían o podrían hacer por sí mismos”.
En suma, según Carnegie, no puede esperarse que los “hermanos más pobres” sepan lo que necesitan para mejorar su suerte ni confiarles el uso responsable de fondos sin restricción. Las soluciones tampoco pueden dejarse a los burócratas gubernamentales. En vez de eso, aquellos con poder y riqueza están mejor posicionados para idear soluciones.
La perspectiva de Carnegie se refuerza por el mito de sueño americano, donde todas las personas pueden alcanzar el éxito financiero a través del esfuerzo propio o, como dice el dicho, “rascándose con sus propias uñas”, y donde la pobreza es una cuestión de responsabilidad personal, por lo que los pobres son los únicos culpables de sus problemas. Esta noción es tan generalizada que incluso muchas personas viviendo en pobreza la internalizan, perjudicando su sentido de agencia y de confianza en sí mismas.4
El racismo satura esta narrativa de responsabilidad personal. En los Estados Unidos, las personas viviendo en situación de pobreza son en mucho mayor proporción personas de color, a pesar de que la economía del país siempre ha dependido en su trabajo para crear la prosperidad de las personas blancas.5 Como escribe Steve en Brown is the New White (De color es el nuevo blanco): “desde el inicio de la historia estadounidense, las personas de color fueron puestas como grupo en la pobreza y mantenidas ahí por políticas promovidas y fiscalizadas por el gobierno… [mientras] las personas blancas fueron alzadas, privilegiadas y protegidas como grupo”. Rascarte con tus propias uñas es imposible cuando el racismo sistémico ha inutilizado tus manos y no puedes usarlas para rascarte.
La mayoría de los filántropos en este país aún siguen el modelo de Carnegie, lo sepan o no. Su visión dio forma a la estructura de nuestro sector sin fines de lucro valuado en un billón de dólares, en el que los recursos van a los programas, no a las personas, y las decisiones de qué programa financiar depende de donantes ricos, bien intencionados y, en su mayoría, blancos. Publicaciones subsecuentes sobre filantropía estratégica refuerzan su idea de que los financiadores pueden diseñar mejor las intervenciones para cambiar las condiciones sociales.6 Pero, ¿estaba Carnegie en lo cierto?
Muchos filántropos han aceptado de forma implícita la idea de que su éxito financiero en los negocios refleja una sabiduría superior que es transferible a liderar el cambio social. Pero ¿dónde está la evidencia de que las habilidades empresariales y de progreso social son intercambiables? Los conocimientos a menudo no se transfieren entre diferentes disciplinas: Einstein no era un buen artista visual y Picasso no era bueno en matemáticas. Carnegie nunca hubiera solicitado consejos empresariales a Mahatma Gandhi, su contemporáneo y líder legendario del cambio social; entonces, ¿por qué asumimos que Carnegie entendía cómo crear una mejor sociedad o que los billonarios de hoy lo entienden? Hay una diferencia profunda entre el enfoque de dirigir -y controlar- que impulsa el éxito comercial y la combinación de habilidades, empatía y experiencia de vida necesaria para inspirar, vincular y empoderar a otros para movilizar un cambio social efectivo y duradero.
Las soluciones de Carnegie no incluían cambiar sus prácticas empresariales, protegiendo así su propia riqueza y privilegio. En efecto, uno siempre puede ayudar a una u otra organización benéfica para mejorar las condiciones de la población que atiende sin confrontar las condiciones coyunturales que crearon los problemas sociales subyacentes. Uno puede donar a un banco de alimentos sin abordar la relación entre los salarios bajos y la rentabilidad corporativa, o entre los programas de seguridad social gubernamental y los ingresos fiscales. En pocas palabras, cuando el progreso social lo dirigen los ricos, la filantropía puede actuar con facilidad como un placebo que ofrece ayuda bienintencionada en los márgenes, mientras se distrae la atención de las reformas más fundamentales que pueden resultar menos agradables para los donantes. Esta es la consecuencia insidiosa e imprevista de depender de la sabiduría de los ricos para el progreso social. Como lo dijo el periodista Anand Giridharadas en Winners Take All (Los ganadores se llevan todo), los ricos pueden “hacer su parte” sin hacer el trabajo estructural que se requeriría para crear un cambio sostenible.
Carnegie también se equivocó al asumir que no podía confiarse a los “hermanos más pobres” el uso responsable del dinero, como lo ha demostrado un creciente cuerpo de investigaciones sobre las transferencias de efectivo no restringidas (UCTs, por sus siglas en inglés) y el Ingreso Básico Universal (IBU).7 Desde 2008, GiveDirectly (DarDirecto) ha distribuido 580 millones en UCTs a 1.4 millones de personas en todo el mundo y registra los resultados con rigurosidad. Los beneficiarios, casi de forma unánime usan el dinero con prudencia para mejorar sus vidas. Los gastos en “la indulgencia del apetito” fueron casi cero. En cambio, pruebas de control aleatorias de los UCTs han mostrado una mejora en ahorros, nutrición, educación y salud mental, así como reducción en niveles de estrés, matrimonios infantiles, embarazos de adolescentes y violencia doméstica.8 Y otros estudios, como una prueba controlada aleatoria de IBU en Stockton, California, también han mostrado cómo las transferencias de dinero permiten “una mayor agencia para explorar nuevas oportunidades relacionadas al empleo y el cuidado”.9
En resumen, la creencia de Carnegie de que los ricos son sabios debido a su riqueza y que las personas en pobreza son ignorantes debido a su pobreza, establecieron la base para un enfoque filantrópico persistentemente paternalista que perdura hasta hoy. No es de extrañar que el historial de la filantropía sea tan decepcionante.
La filantropía no es una alternativa al gobierno
Las donaciones caritativas en los Estados Unidos han crecido nueve veces su valor original, de 55 mil millones de dólares en 1980 a 485 mil millones en 2022, un aumento de 300% después de ajustar la inflación. Empresas consultoras especializadas en impacto social, como FSG, Bridgespan y Arabella; centros de investigación académica; y publicaciones como SSIR han producido ideas cada vez más sofisticadas sobre la filantropía. Sin embargo, no ha habido un progreso perceptible en los desafíos más urgentes de nuestro país, incluidas la pobreza, las enfermedades crónicas, las disparidades educativas, la escasez de vivienda, la inequidad racial y el cambio climático. Según Giving USA (Donaciones EUA), casi dos tercios de las donaciones benéficas en Estados Unidos van dirigidas al apoyo de instituciones religiosas, universidades, instituciones artísticas y culturales, investigación médica o causas internacionales que, en el mejor de los casos, abordan estos retos solo de forma indirecta. Pero considerando los aproximadamente 150 mil millones de dólares en donaciones anuales que se destinan de manera directa a estos problemas, los resultados han sido pocos.
Donación caritativa real vs Tasa de pobreza
Cambios en donación caritativa y la tasa de pobreza, 1980, 2022 | La donación caritativa en dólares ajustados a la inflación aumentó dinámicamente, mientras que la tasa de pobreza se mantuvo, en gran medida, sin cambios (Fuentes: Oficina del Censo de los Estados Unidos y Giving USA)
Mientras que las donaciones caritativas se dispararon entre 1980 y 2022, los niveles de pobreza permanecieron virtualmente sin cambios. Durante este periodo, el desamparo creció casi 600% y la brecha racial de riqueza aumentó de forma constante un promedio de 0.1% anual. Las tasas de mortalidad en 2022 eran 3% más altas que en 1980, y las tasas de mortalidad materna se duplicaron en esos años, con una mortalidad tres veces más alta para mujeres de raza negra que de raza blanca.10 Las emisiones de carbono están por debajo de los niveles más altos de 2007, pero aún eran 5% mayores a los de 1980. El nivel educativo ha mejorado de forma gradual y constante a un ritmo similar a lo largo de los años, independientemente del apoyo caritativo, hasta que la pandemia de COVID-19 trajo un retroceso de aprendizaje en niñas y niños. En las últimas cuatro décadas, el porcentaje de graduados universitarios de duplicó del 17 al 35%; sin embargo, la tasa de pobreza se ha mantenido igual, pero exacerbada para 44 millones de personas por 1.8 billones de dólares en deuda estudiantil. Incluso la religión, aún siendo el principal beneficiario de la caridad, ha visto un constante declive en su nivel de afiliación que miles de millones de dólares en contribuciones no han logrado revertir.
Uno podría argumentar que las condiciones sociales y medioambientales hubieran empeorado aún más sin las intervenciones filantrópicas. La filantropía ha financiado muchos programas de impacto que han ayudado a varios millones de personas. Sin embargo, existe abundante evidencia que prueba que la filantropía no puede resolver problemas sociales a una escala nacional. De hecho, los Estados Unidos son líderes mundiales por un amplio margen en contribuciones filantrópicas per cápita, pero está cerca del sótano en varios índices de bienestar social entre países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), y es líder en las clasificaciones de algunos males sociales. Desde 1990 hasta 2022, si bien las donaciones caritativas se duplicaron, el ranking de los Estados Unidos en progreso social comparado a otros países cayó del lugar 8 al 31. Esta discrepancia entre la caridad y el bienestar no se limita a los Estados Unidos. Países con el mayor índice per cápita de donaciones caritativas (Estados Unidos, Canada y el Reino Unido) tienden a obtener malos resultados en índices de progreso social. Los países con mejor desempeño (países escandinavos, Alemania y Japón) destinan a la beneficencia apenas un 2% de lo que Estados Unidos aporta per cápita y dependen más bien del gobierno, no de la filantropía, para satisfacer las necesidades de su sociedad.
Los Ranking de Estados Unidos están cerca del fondo en buenos resultados |
Ranking |
Entre |
Adecuación de las prestaciones de ingreso mínimo |
39 |
Rumania y Hungría |
Esperanza de vida |
35 |
Polonia y Estonia |
Confianza en el gobierno |
35 |
República Checa y Lituania |
Participación electoral |
31 |
Grecia y Colombia |
Gasto público en educación |
21 |
Corea y Estonia |
Movilidad económica |
16 |
Argentina y Suiza |
Y están cerca de la cima en malos resultados |
Ranking |
Entre |
Costo del cuidado infantil como barrera para el trabajo |
1 |
30% más alto que el #2 (Suiza) |
Tasa de pobreza |
2 |
Costa Rica e Israel |
Horas de trabajo necesarias para salir de la pobreza |
2 |
Eslovenia y República Eslovaca |
Desigualdad de ingresos |
5 |
Turquía y Bulgaria |
Obesidad |
5 |
Rumania y Hungría |
Suicidios |
6 |
Estonia y Hungría |
Emisiones de carbono |
8 |
Australia y Canadá |
Mortalidad infantil |
13 |
Rumania y Bulgaria |
Ranking de Estados Unidos entre países de la OCDE en temas sociales | Los datos recopilados por la OCDE, el Pew Research Center (Centro de Investigación Pew) y el Stanford Center on Poverty and Inequality (Centro de Desigualdad y Pobreza de Stanford) muestran que Estados Unidos ocupa una de las últimas posiciones entre países de la OCDE en cuanto a resultados sociales positivos, y se encuentra cerca de la cima en resultados negativos, junto a países que rara vez consideramos nuestros pares.
Los Estados Unidos también han demostrado que el gobierno puede aliviar la pobreza en formas que la filantropía no puede. Durante la guerra contra la pobreza del presidente Johnson en los sesenta, “el congreso aprobó legislaciones que transformaron a las escuelas estadounidenses, lanzó Medicare y Medicaid, y expandió los subsidios de vivienda, los programas de desarrollo urbano, programas de empleo y capacitación, los cupones de alimentos y las prestaciones sociales y de seguridad social”, explican Martha Bailey y Nicolas Duquette en un artículo del Journal of Economic History (Revista de Historia Económica). “Estos programas aumentaron más del triple los gastos federales reales en salud, educación y prestaciones sociales, que para 1970 creció hasta representar más del 15% del presupuesto federal”, y redujeron a la mitad la tasa de pobreza, pasando del 24% al 12%. Más recientemente, los pagos de ayuda de emergencia por COVID-19 sacaron temporalmente de la pobreza a más de 12 millones de personas y redujeron a la mitad la pobreza infantil mediante la expansión del Child Tax Credit (Credito Tributario por Hijos). Cuando el Congreso rescindió la expansión del crédito en 2023, la tasa de pobreza infantil aumentó de inmediato a niveles anteriores a la pandemia de COVID, según datos del Center on Poverty and Social Policy (Centro de Pobreza y Política Social) de la Universidad de Columbia. Ningún programa filantrópico ha logrado un impacto comparable en tan poco tiempo.
La habilidad del gobierno para acelerar o frustrar el progreso social también es evidente al comparar la relación costo rendimiento de la filantropía y el cabildeo. Las contribuciones filantrópicas anuales exceden ampliamente las contribuciones políticas y el lobby corporativo: durante el ciclo electoral de 2020, la filantropía superó a las contribuciones políticas en una proporción aproximada de 40:1.11 Por ejemplo, en 2022, la industria estadounidense de combustibles fósiles gastó 180 millones de dólares en cabildeo federal y contribuciones políticas para preservar los subsidios federales y frenar las regulaciones sobre el cambio climático. El mismo año, las donaciones caritativas a organizaciones sin fines de lucro para combatir el cambio climático alcanzaron los 7.5 mil millones de dólares. Pero ¿qué dólares tuvieron más impacto?
De hecho, el Congreso era consciente del poder del gasto político cuando, hace casi 60 años, anuló la capacidad del sector filantrópico de aprovechar esta opción. Tras el apoyo de las fundaciones a los derechos civiles en la década de los sesenta, los miembros conservadores del Congreso aprobaron la Ley de Reforma Fiscal de 1969, que limitó la capacidad de las fundaciones de participar en actividades de cabildeo y en la política partidista. El apoyo de la Fundación Ford a la participación de votantes entre las poblaciones de color (que contribuyó a la elección del primer alcalde de raza negra del país, Carl Stokes, de Cleveland, Ohio) fue citado específicamente por el Congreso como uno de los peligros de la intromisión de las fundaciones en la política.
Hoy en día, las personas pueden contratar cabilderos con dólares sujetos a impuestos, pero solo las corporaciones pueden hacer lobby, a menudo en contra del interés público, y deducir esos gastos de su ingreso gravable. Las restricciones al cabildeo de las fundaciones han tenido un efecto profundamente desalentador sobre la disposición del sector no lucrativo a participar en actividad política o incluso a proteger el funcionamiento más básico de nuestra democracia.
Sin un cambio en la política gubernamental, incluso las organizaciones benéficas más efectivas y mejor financiadas no pueden acercarse a satisfacer las necesidades en una escala nacional.12 Por ejemplo, en su máximo apogeo en 2013, Teach for America (Enseña para América) ofrecía maestros para aproximadamente 400,000 estudiantes al año, pero esos estudiantes representaban solo un 2% de los 20 millones de estudiantes de bajos ingresos con derecho a un almuerzo escolar gratuito. O consideremos Nurse Family Partnership (NFP, Asociación de Enfermeras y Familias), un ejemplo de una filantropía de riesgo bien financiada y de rápido crecimiento, que ofrece apoyo de enfermería en casa para madres primerizas de bajos ingresos. Respaldada por millones de dólares en subvenciones y con un fuerte apoyo en gestión y consultoría a lo largo de sus casi treinta años de historia, NFP ahora atiende a 55,000 madres al año en 40 estados, un logro extraordinario, pero que ayuda a menos del 4% del 1.5 millones de bebés que nacen cada año en familias de bajos ingresos en los Estados Unidos.
El reto de lograr el progreso social a través del sector sin fines de lucro va más allá de la escala y conduce a una pregunta incluso más fundamental: ¿las iniciativas filantrópicas pueden resolver los problemas básicos y no solo aliviar los síntomas? Por ejemplo, la pobreza es el resultado directo de las políticas gubernamentales y la conducta corporativa formada por una historia de racismo estructural que ningún programa sin fines de lucro puede reparar. La niñez, las personas de la tercera edad y con discapacidades, de los cuales la mayoría es incapaz de trabajar, representan el 54% de las personas en condiciones de pobreza. El apoyo del gobierno federal para esta población no empleable es aproximadamente la mitad del promedio entre países de la OCDE.13 Esta brecha es más del doble del total de las contribuciones filantrópicas anuales en Estados Unidos.14
Entre el 46% restante que sí son empleables, la mayoría está atrapada en empleos de bajos salarios. El 44% de todos los trabajadores estadounidenses entre 18 y 64 años tienen un ingreso anual medio menor a 18 mil dólares. Incluso las personas empleadas por hora que ganan más del salario mínimo a menudo tienen horarios con turnos impredecibles que evitan que trabajen semanas de 40 horas o que tomen un segundo empleo. Por más de una década, los empleos de bajos salarios han representado el segmento de mayor crecimiento en la economía estadounidense. Como resultado, el país no tiene suficientes empleos disponibles con un salario digno para emplear a toda la población en condiciones de laborar.15
En pocas palabras, el gobierno ha decidido intencionalmente no proveer un sustento adecuado para aquellas personas consideradas no empleables ni requerir que las empresas paguen un salario digno con horarios laborales humanos y predecibles para las personas que emplean.16 El impacto de estas decisiones no puede compensarse con programas sin fines de lucro.
Se podrían realizar argumentos similares sobre el cambio climático y los subsidios gubernamentales a la industria de los combustibles fósiles, o sobre la obesidad y la Ley Agraria, que subsidia el jarabe de maíz utilizado para endulzar las comidas procesadas. El grado en el que las decisiones del gobierno y el comportamiento corporativo determinan las condiciones sociales y ambientales (y la incapacidad del sector sin fines de lucro para alterar significativamente dichas condiciones) aplica en casi todos los problemas que la filantropía estratégica busca atender.
De hecho, el modelo filantrópico actual no solo es engañoso, sino también peligroso. El enfoque de los filántropos de centrarse en utilizar el sector sin fines de lucro para abordar los retos sociales desvía la atención de la grave necesidad de una democracia funcional, representativa y multirracial, sin la cual nunca podremos lograr una nación más equitativa y sostenible. Entre más destaquemos la filantropía como la solución, más eximimos al gobierno y a las empresas de una necesidad de cambiar. El sueño libertario de un gobierno minimalista se puede imaginar solo si el sector sin fines de lucro pudiera satisfacer las necesidades sociales que le corresponden al gobierno, algo que para el sector social resulta imposible de hacer.
Si de verdad queremos crear una sociedad equitativa y sostenible, debemos aprovechar el poder de la democracia multirracial. Por mucho tiempo, la filantropía estratégica ha declarado buscar las causas principales detrás de cada cambio social, pero ¿qué pasa si la causa primaria detrás de cada problema medioambiental y social en Estados Unidos es el fracaso de nuestro proceso político para asegurar el bienestar de toda la población?
Un gobierno no representativo
Hoy existe una divergencia notable entre la acción del gobierno y los resultados deseados por los estadounidenses. Dos tercios de la población piensa que el cambio climático representa una amenaza importante para el país y quieren que el gobierno tome acciones contundentes. 85% está a favor del derecho al aborto; 80% cree que los derechos de las personas LGBTQ+ deben estar protegidos por la ley; y una mayoría cree en la equidad racial y de género. Otros más desearían más control de armas y se oponen a la censura de libros en las bibliotecas escolares. Sin embargo, cientos de actos legislativos y opiniones tribunales, en todos los niveles de gobierno, cada vez con mayor frecuencia toman acciones opuestas.
Esta desviación entre la opinión pública y la acción política solo es posible debido a los sesgos raciales, económicos y de edad en la participación de electores, un patrón ampliamente magnificado por los esfuerzos recientes de marginar a los electores de color. Esto incluye el desmantelamiento la Ley de Derecho al Voto por parte de la Suprema Corte en 2013, las restrictivas leyes estatales de identificación de electores, la manipulación de distritos electorales, el cierre de casillas y los límites a la votación anticipada. Las recientes restricciones al voto ya han reducido la participación electoral en más de la diferencia de votos necesaria para determinar el resultado en muchas elecciones pasadas. Los trabajadores por horas, quienes son de forma desproporcionada personas de color, pierden ingresos si se toman tiempo para votar durante días hábiles y a menudo enfrentan filas largas en las pocas casillas electorales en sus comunidades. Por otro lado, los trabajadores asalariados de mayores ingresos y personas jubiladas tienden a gozar de un mayor acceso a las casillas con filas más cortas y no incurren en una pérdida financiera por tomarse el tiempo de votar. Como resultado, la población que regularmente vota es marcadamente mayor, más blanca y rica que la población en general.
“En un país con una historia de varios siglos de opresión y racismo sistémico”, argumenta Steve en How We Win the Civil War (Cómo ganamos la guerra civil), “hay muy poco interés en hacer la participación democrática tan sencilla como la participación en la economía de consumo”. La afluencia tan desproporcionada de la base de votantes blancos ha motivado a los políticos a tomar decisiones que han reforzado el racismo estructural y la desigualdad económica por más de un siglo, incluso cuando perjudica a las personas blancas.
En The Sum of Us (La suma de nosotros), la autora y promotora de políticas públicas Heather McGhee cita las cientos de ciudades del sur que, décadas atrás, prefirieron drenar o rellenar las albercas públicas con cemento, privando de nadar a más niños de raza blanca que de negra, en vez de aceptar la integración racial ordena por mandato judicial. El patrón de discriminación no ha cambiado. En 2020, una década después de aprobado el Affordable Care Act, diez estados aún se rehusaban a soltar fondos federales que hubieran beneficiado más a personas de raza blanca que de raza negra. Solo este año, quince gobernadores republicanos rechazaron financiamiento federal gratuito para proporcionar comidas escolares durante el verano, a pesar de que el 42% de las personas en situación de pobreza son blancos no hispánicos y solo un 24% son de raza negra.17 McGhee concluye que la lealtad inquebrantable de nuestro país hacia el racismo sistémico ha sacrificado muchas oportunidades que hubieran beneficiado a todos.
Un enfoque de empoderamiento para el progreso social
Pongamos de cabeza el modelo de Andrew Carnegie y confiemos en la sabiduría de quienes viven en pobreza. Dado que los problemas sociales no pueden resolverse sin un impacto para los ricos y poderosos, no podemos depender de los ricos y poderosos para encontrar las soluciones. La filantropía no necesita idear las soluciones para los problemas de otras personas, sino que simplemente debe ayudar a empoderar a las personas para que mejoren sus propias vidas como ellas lo decidan. Esto no significa que las personas puedan rascarse con sus propias uñas y obtener el éxito sin ayuda; más bien, la ayuda que necesitan está en conflicto con muchas de nuestras actuales prácticas filantrópicas y sin fines de lucro.
Los filántropos que trabajan por una sociedad más equitativa deben garantizar una democracia funcional que sea verdaderamente representativa de nuestra población, que rechace las narrativas sociales falsas y engañosas que desvían a la opinión pública, y que apoyen la autodeterminación económica de quienes viven en pobreza.
Garantizar una democracia verdaderamente multirracial | Si solo el gobierno tiene el poder y la escala para satisfacer las necesidades de la sociedad, entonces los filántropos deben aprender cómo influir en las acciones del gobierno. Deben confrontar problemas del “tercer carril” como la inequidad racial, política fiscal, supresión del voto, regulaciones corporativas, salario mínimo y condiciones laborales. Debemos reconocer que empoderar a quienes lo necesitan no puede lograrse sin restringir el poder de quienes están al mando, incluso si el resultado es una economía más vibrante y equitativa que beneficie a todos.
Una democracia verdaderamente multirracial requiere que el proceso político refleje con precisión la diversidad de las personas. Dado que las elecciones en Estados Unidos a menudo se deciden por unos cuantos miles de votos en los estados oscilantes, la filantropía podría tener una influencia decisiva a través de dos actividades legales permitidas para las fundaciones y organizaciones sin fines de lucro (en específico las que califican como 501(c)(3) en el Código de Impuestos Interno): participación de electores y educación de electores en asuntos específicos. Hoy estas actividades reciben una financiación mínima de las fundaciones. En 2022, de los 105 mil millones de dólares en subvenciones de fundaciones, solo 408 millones de 81 financiadores se dirigió a estas dos actividades; es decir, menos de la mitad del 1%.18
El problema no es solo la falta de financiamiento, sino el uso ineficaz de los fondos. Los hombres blancos representan el 31% de la población estadounidense y solo el 23% de los votantes del Partido Demócrata, pero controlan casi el 90% de la política demócrata y la defensa progresista.19 Como resultado, a menudo las campañas pagan cantidades exorbitantes a hombres blancos consultores y luego gastan millones de dólares en anuncios de televisión dirigidos a electores blancos. Estas tácticas ayudan a explicar por qué la participación anterior de electores ha tenido un impacto mínimo.
Sin embargo, es posible adoptar un enfoque diferente y sumamente efectivo, ejemplificado de manera contundente por Stacy Abrams y el trabajo de participación cívica que ha dirigido en el New Georgia Project (Proyecto Nuevo Georgia, NGP, por sus siglas en inglés). El NGP coordinó una red de registro de electores y grupos de movilización, extraída de las comunidades que buscaban captar, y trabajaron de manera constante a lo largo de una década estudiando con rigurosidad la participación electoral y usando de forma minuciosa detalladas hojas de cálculo para monitorear actitudes de los electores y estadísticas demográficas en distritos decisivos. El trabajo rindió frutos: aumentó la participación de electores de color casi en un 50%, de 625,000 en 2016 a 915,000 en las elecciones de 2020.20 La participación adicional fue decisiva para elegir a los demócratas Raphael Warnock y Jon Ossoff al senado, la primera vez en la historia que Georgia eligió a un senador judío o de raza negra. Estas victorias ayudaron a los Demócratas a retener el control del senado y, en última instancia, permitir la aprobación de la Ley de Reducción de la Inflación de 2022, que generó 500 mil millones de dólares para apoyar la transición a energías limpias, reducir los costos de la atención médica y mejorar la recaudación de impuestos. Nada mal para una organización con un presupuesto anual de solo 13 millones de dólares.
Avances similares para involucrar a votantes están en marcha en Virginia, Arizona, Carolina del Norte y Texas. En palabras de Susan Sandler: “Cuando nuestro gobierno… responde (y, siendo franca, con miedo) a las personas que más soportan el embate de la desigualdad y la injusticia, entonces mejoran las prioridades, las prácticas y las políticas”.
Refutar las falsas narrativas sociales que distorsionan las opiniones del electorado es un trabajo igual de esencial. No será fácil cambiar la actitud de los votantes ni penetrar estos modelos mentales erróneos en estas épocas de extrema oposición partidista, “hechos alternativos” y burbujas de redes sociales. Pero si todos los estadounidenses estuvieran bien informados y votaran en las elecciones, las opiniones extremas tendrían mucho menos peso y la filantropía estratégica, si decide promover la educación y la participación electoral más activamente, podría tener un mayor progreso.
Imaginemos que el 5% de los fondos anuales de las fundaciones, equivalentes a 5 mil millones de dólares, se dedicara a la participación electoral en el modelo NGP. Esta acción transformaría las elecciones en los Estados Unidos y permitiría el inicio de una agenda política en todos los niveles de gobierno que verdaderamente produciría, a una escala nacional, muchos de los resultados que con tanto esfuerzo los financiadores intentan lograr a través de los programas sin fines de lucro.
Los financiadores podrían incluso ir más lejos para influir en el gobierno. La única excepción a la prohibición del cabildeo de fundaciones, conocida como la cláusula de defensa propia, permite a las fundaciones el cabildeo en asuntos que afectan a las fundaciones. Es decir, las fundaciones podrían presionar por el derecho de cabildear por el interés público, que, como ya se mencionó, parece ofrecer la posibilidad de un mayor impacto a un costo mucho menor (aunque este cambio solo sería posible con un Congreso muy distinto al actual).
Sin embargo, incluso sin transformar la política nacional, la filantropía podría hacer todavía más para apoyar a las personas en condición de pobreza si tomaran un enfoque basado en el empoderamiento que incentivara la autonomía personal.
Fomentar la autodeterminación | Un IBU financiado por el gobierno es una parte de la solución a la pobreza en Estados Unidos que deberían apoyar los donantes. Como escribió Martin Luther King Jr. en su último libro Where Do We Go from Here? (¿A dónde vamos ahora?): “La dignidad del individuo florecerá cuando las decisiones en torno a su vida estén en sus propias manos, cuando tenga la garantía de que su ingreso es seguro y estable, y cuando sepa que tiene los medios para buscar el mejoramiento personal”. Y la financiación para aliviar el COVID, la cual podría haber financiado diez veces un IBU nacional, demostró que esto sería factible, desde el punto de vista financiero, si existiera suficiente voluntad política.21
Incluso sin un IBU, la filantropía puede apoyar el empoderamiento del gobierno si aprovecha la aspiración universal de la autorrealización. El modelo impulsado por pares y desarrollado por Mauricio Miller, ganador de la “Genius Grant” (Beca al Genio), de Fundación MacArthur, propone un posible enfoque. En 2001, Miller creó la Family Independence Initiative (Iniciativa para la Independencia Familiar), renombrada UpTogether en 2021, la cual lanzó un nuevo enfoque para reducir la pobreza que no dependía en intervenciones filantrópicas o gubernamentales tradicionales. Miller organizó juntas mensuales con veinticinco familias de bajos ingresos en Oakland, que batallaban para vivir al día. Los participantes apenas recibieron apoyo financiero y una guía externa, y no participaron en otros programas sin fines de lucro.22 Gradualmente, comenzaron a compartir sus esperanzas y metas, informar sus avances, y brindarse consejos y apoyo mutuo. El éxito de cada persona inspiraba a los demás, ya fuera en temas sobre continuar sus estudios, comenzar una dieta más saludable o reducir sus deudas. El requisito de registrar y reportar mensualmente sus ahorros, salud y progreso en sus metas personales los mantenía enfocados y reforzaba su determinación. Conforme aumentó su sentido de comunidad, comenzaron a apoyarse cuidando niños, reparando viviendas y buscando nuevas oportunidades de trabajo. Según Miller, el proceso imita la manera en que las familias más acomodadas suelen aprovechar sus redes para el mejoramiento personal y profesional. Después de tres años, el ingreso familiar había aumentado 40%. El proyecto se repitió en San Francisco, Hawái y Boston con resultados similares. Después de dos años, los ingresos de los participantes en San Francisco aumentaron 23% y sus ahorros 240%. Un cuarto de los participantes que recibían asistencia gubernamental dejó de necesitarla.23
Desde entonces, Miller lanzó el Center for Peer Driven Change (Centro para el Cambio Impulsado por Pares) que aboga por este enfoque en comunidades con dificultades alrededor del mundo. Los participantes comparten conocimientos, redes y motivación para ayudarse a alcanzar sus metas. Ver a alguien de su propia comunidad alcanzar el éxito es una fuente de motivación que ningún externo puede igualar. Las personas emulan y construyen a partir del éxito de sus pares, lo que requiere enterarse del éxito y, muy importante, saber cómo lo lograron. En The Power of Positive Deviance (El impacto de las soluciones innovadoras), los profesores Richard Pascale, Jerry Sternin y Monique Sternin señalan que en cada comunidad que enfrenta un problema siempre hay personas que ya improvisaron soluciones, aunque el resto de la comunidad por lo general no está enterado o se muestre escéptico a estos comportamientos atípicos. Al estudiar con cuidado a la comunidad, es posible identificar estas soluciones atípicas y motivar a las personas a compartirlas con otras en la comunidad.
Un enfoque de empoderamiento similar, llamado facilitación económica, desarrollado por Ernesto Sirolli, autor y consultor de desarrollo económico, ha ayudado a las personas a comenzar sus propias empresas y crear miles de empleos en muchas regiones alrededor del mundo.24 El planteamiento se enfoca en estimular las pequeñas empresas locales en una comunidad, en vez de traer expertos del exterior y financiar un plan de desarrollo económico a gran escala. Como facilitador económico, Sirolli tiene un enfoque sencillo: nunca iniciar nada y nunca motivar a nadie. Cuando alguien se acerca a él con una idea para un negocio, los ayuda a pensar en lo que se necesitaría para hacerla viable en términos económicos y a quién se podría necesitar como socio. Si la idea no tiene sentido o si la persona pierde interés, el facilitador simplemente espera que llegue otra persona con una idea diferente.
Una vez que la empresa alcanza el éxito, otros en la comunidad se sienten inspirados para intentar sus ideas de emprendimiento con el apoyo del facilitador. Cada empresa crea oportunidades para otras empresas como proveedores, distribuidores o extensiones de mercado, mientras que los empleos aumentan el poder local de consumo para, a su vez, apoyar más emprendimientos. Con el tiempo se crea un impulso que forma una economía local fuerte apropiada para las habilidades y recursos de esa comunidad en particular. El trabajo del facilitador económico (y, proponemos, también de la filantropía) no es crear la solución sino, como escribre Sirolli, “simplemente ayudar a quitar los obstáculos que reprimen el crecimiento de un cliente”.25 Estos obstáculos incluyen la falta de un ingreso básico digno, apoyo mutuo, modelos en situaciones similares y un sentido de autonomía.
La idea de que las personas dentro de una comunidad pueden ayudarse entre sí para lograr éxito económico no es nueva. Durante la Reconstrucción estadounidense entre 1860 y 1870, cientos de comunidades afroestadounidenses, como Black Wall Street en Tulsa, Oklahoma, prosperaron sin ningún tipo de asistencia gubernamental o de organizaciones sin fines de lucro. Las personas de raza negra crearon su propia economía, con tiendas y bancos de su propiedad, y eran apoyados por abogados y médicos también afroestadounidenses. Hoy en día, esos ejemplos son un recuerdo lejano después de la rabia asesina blanca que destruyó Black Wall Street. Las estrategias políticas siguen vulnerando y privando de sus derechos a las personas de color, y los programas sociales generan dependencia y debilitan su autodeterminación.
Cada uno de los enfoques descritos anteriormente requirieron recursos filantrópicos. Sin embargo, los recursos respaldaban un enfoque antropológico para identificar modelos exitosos ya existentes intrínsecos a comunidades específicas, para luego compartir lo encontrado con otros en un proceso continuo de apoyo y motivación a lo largo de varios años. Esto implica de forma inherente un trabajo local y en sitio. Las soluciones se difunden cuando las personas empiezan a confiar, se identifican y aprenden de sus pares. El progreso es gradual, pero acumulativo. Todavía se necesita de personal y presupuesto, pero el impacto se escala por sí mismo sin depender de un financiamiento cada vez mayor como sucede en los programas convencionales de las organizaciones sin fines de lucro.
Estos enfoques para la autodeterminación económica requieren replantear radicalmente a los subsidios convencionales, y el campo de la filantropía deberá aprender cómo financiar de maneras que se promueva la autodeterminación y se mejore el sentido de agencia de los beneficiarios. Un ejemplo innovador es Ownership Works, una organización sin fines de lucro fundada en 2021 que trabaja con empresas de capital privado para otorgarles propiedad accionaria a sus empleados por hora, extendiendo el modelo UCT, y de este modo, pasar de un ingreso complementario a la creación de riqueza.
Todos los modelos citados, además del IBU (e, incluso, el impacto colectivo y el liderazgo adaptativo), no tienen un resultado predeterminado. Esta falta de resultados es la maldición de las prácticas predominantes de creación de subsidios, donde los donantes buscan financiar soluciones que, esperan, produzcan resultados fiables y predecibles. El enfoque del empoderamiento también va más allá de innovaciones recientes, como la filantropía basada en la confianza, en la que se confía que las organizaciones sin fines de lucro trabajen en su misión sin microgestionar o incluso sin un financiamiento participativo en el que los miembros de la comunidad toman las decisiones en torno al apoyo económico. No existe una gran estrategia ni teorías complejas sobre el cambio. Al contrario, lo que recomendamos es que los financiadores apoyen un proceso abierto que permita a las personas definir sus propias metas y descubrir sus propias soluciones, específicas para sus necesidades y circunstancias. En otras palabras, soluciones que quizá nunca se les ocurran a los donantes ricos ni a los expertos externos.
Otros cambios serían necesarios. Hoy en día, nuestro sistema filantrópico recompensa la necesidad en vez del éxito: entre más grande la necesidad, más atractiva resulta para recibir apoyo filantrópico. Pero este enfoque crea incentivos perversos que desincentivan el progreso individual o cualquier sentido de agencia y orgullo por los logros. Incluso cuando una intervención es exitosa, el reconocimiento va a la organización sin fines de lucro y al financiador, no a quienes convirtieron el apoyo en éxito. Debemos invertir este patrón y comenzar a recompensar las iniciativas individuales e impulsadas por la comunidad. Los financiadores deben buscar destellos de progreso dentro de las comunidades para identificar personas con una trayectoria de éxito, en vez de buscar a quienes tienen las mayores necesidades. También deben apoyar estos esfuerzos y luego exhibir sus logros a otras personas en la comunidad. Y el mismo reconocimiento, becas y apoyo que actualmente otorgamos a los líderes de programas exitosos e innovadores dentro de organizaciones sin fines de lucro debemos ofrecerlo a los miembros de una comunidad que han encontrado maneras significativas de mejorar sus propias vidas. Estas personas, y no solo los emprendedores sociales o los filántropos, deben convertirse en nuestros héroes y heroínas del sector social.
No estamos sugiriendo que los financiadores retiren su apoyo a los programas e instituciones sin fines de lucro. Sin embargo, sí sugerimos que los financiadores gasten menos dinero persiguiendo la más reciente innovación social en un intento de escalar a las organizaciones a un impacto nacional, o embarcándose con grandes visiones para resolver problemas complejos. En cambio, sugerimos que redirijan esos recursos hacia el cambio impulsado por pares y a la participación electoral. El enfoque de empoderamiento en realidad requiere mucho menos financiamiento que los esfuerzos actuales para sostener y ampliar los programas de las organizaciones sin fines de lucro. Reasignar un porcentaje modesto del financiamiento actual haría una gran diferencia. Además, tenemos un largo camino por recorrer antes de que nuestro gobierno se sensibilice a las necesidades de la población y autorice el pago de un IBU. Mientras tanto, millones de personas dependen de los servicios de las organizaciones sin fines de lucro de hoy.
Redirigir nuestros esfuerzos
A lo largo de nuestras carreras en la filantropía, nos hemos dado cuenta de que no hay una sola manera correcta de financiar el progreso social. Muchos enfoques diferentes pueden citar evidencia de su eficacia y, dada la vasta diferencia de las metas y circunstancias en torno a las donaciones filantrópicas, el hecho de que no exista esa única respuesta no debe ser una sorpresa. Incluso Carnegie, a pesar de sus opiniones intolerantes, contribuyó al progreso social.26
Sin embargo, cada enfoque filantrópico también tiene sus limitaciones.
En última instancia, debemos reconocer el doloroso hecho de que el modelo filantrópico en el que hemos dependido no ha ofrecido, y no podrá ofrecer, mejoras sociales a escala nacional que tan urgentemente necesitamos.
En cambio, debemos redirigir nuestros esfuerzos hacia la urgente necesidad de hacer nuestra democracia más representativa. Y debemos apoyar a las personas para que encuentren sus propias soluciones, aumenten su sentido de agencia y construyan sus propias comunidades.
Estamos en una batalla por el futuro de nuestro país contra quienes usan el gobierno para proteger su poder y privilegio, en detrimento de los demás. Sus herramientas son el control, la represión y las falsas narrativas. Las nuestras deben ser el empoderamiento, la participación y una comprensión más profunda de cómo las barreras sistémicas como el racismo configuran nuestro país. Empoderar a las personas económicamente y a través de los procesos políticos son las maneras más efectivas para contribuir a un futuro más justo y sostenible para nuestro país.
Nota del editor: en una versión anterior de este artículo se cometió un error respecto al momento y la mayoría de la Asamblea de Virginia al aprobar la expansión de Medicaid. Lamentamos el error.
- Notas
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1 Estas ideas han sido bien expresadas por otros. Véase Mauricio L. Miller, The Alternative: Most of What you Believe About Poverty is Wrong (La alternativa: casi todo lo que crees sobre la pobreza está equivocado), autopublicado, 2023; Richard Pascale, Jerry Sternin, y Monique Sternin, The Power of Positive Deviance: How Unlikely Innovators Solve the World’s Toughest Problems (El impacto de las soluciones innovadoras: Cómo los innovadores improbables solucionan los problemas más difíciles del mundo), Cambridge, Mass.: Harvard Business Review Press, 2010; Ernesto Sirolli, Ripples from the Zambezi: Passion, Entrepreneurship, and the Rebirth of Local Economies (Ondas desde el Zambeze: Pasión, Emprendimiento y el Renacer de las Economías Locales), Columbia británica, Canadá: New Society Publishers, 1999.
2 Anand Giridharadas, Winners Take All: The Elite Charade of Changing the World (Los ganadores se lo llevan todo: la farsa de la élite por cambiar el mundo), New York: Alfred A. Knopf, 2018. También ver Mark R. Kramer, “Are the Elite Hijacking Social Change?,” (¿Está la élite secuestrando el cambio social?) Stanford Social Innovation Review, Otoño 2018.
3 Véase John Kania et al., “Centering Equity in Collective Impact,” (Centrar la equidad en el impacto colectivo) Stanford Social Innovation Review, Invierno 2022; the suplemento Stanford Social Innovation Review Otoño 2014, “Collective Insights on Collective Impact” (Introspecciones colectivas en el impacto colectivo); el suplemento Stanford Social Innovation Review de 2022, “Collective Impact 10 Years Later” (El impacto colectivo diez años después); and John Kania, Mark Kramer, y Peter Senge, The Water of Systems Change (El agua del cambio sistémico) FSG, mayo 2018.
4 Joe J. Gladstone et al., “Financial Shame Spirals: How Shame Intensifies Financial Hardship,” (Espirales de vergüenza financiera: cómo la vergüenza intensifica las dificultades económicas) Organizational Behavior and Human Decision Processes, vol. 167, noviembre 2021.
5 La tasa de pobreza entre las personas de raza negra es de 19%, frente al 7% entre blancos no hispánicos. Mark R. Rank, Lawrence M. Eppard, y Heather E. Bullock, Poorly Understood: What America Gets Wrong About Poverty (Mal comprendido: lo que Estados Unidos entiende mal sobre la pobreza), Nueva York: Oxford University Press, 2021.
6 Véase, por ejemplo, Paul Brest y Hal Harvey, Money Well Spent: A Strategic Plan for Smart Philanthropy (Dinero bien gastado: un plan estratégico para la filantropía inteligente), Stanford, Calif.: Stanford University Press, 2018; Peter Frumkin’s Strategic Giving: The Art and Science of Philanthropy (Donaciones estratégicas: el arte y la ciencia de la filantropía), Chicago: University of Chicago Press, 2006, y The Essence of Strategic Giving: A Practical Guide for Donors and Fundraisers (La esencia de las donaciones estratégicas: una guía práctica para donantes y recaudadores de fondos), Chicago: University of Chicago Press, 2010; Helmut K. Anheier, Adele Simmons, y David Winder, eds., Innovations in Strategic Philanthropy: Local and Global Perspectives (Innovaciones en filantropía estratégica: perspectivas locales y globales), Heidelberg, Alemania: Springer, 2007; Joel Fleishman, The Foundation: A Great American Secret (La fundación: un gran secreto estadounidense); How Private Wealth Is Changing the World (Cómo la riqueza privada está cambiando el mundo), Nueva York: Public Affairs, 2007; y Rajiv Shah, Big Bets: How Large-Scale Change Really Happens (Grandes apuestas: cómo sucede realmente el cambio a gran escala), Nueva York: Simon Element, 2023.
7 Las UCT (transferencias de efectivo no restringidas) pueden ser pagos únicos o episódicos, mientras que el IBU se refiere a la asistencia financiera continua y constante.
8 Jade Sui, Olivier Sterck, y Cory Rodgers, “The Freedom to Choose: Theory and Quasi-Experimental Evidence on Cash Transfer Restrictions,” (La Libertad de elegir: teoría y evidencia cuasi-experimental sobre las restricciones de transferencias de efectivo) Journal of Development Economics, vol. 161, marzo 2023. Ver también Jason DeParle, “Cash Aid to Poor Mothers Increases Brain Activity in Babies, Study Finds,” (Estudio encuentra que ayuda económica a mamás en situaciones de pobreza incrementa la actividad cerebral en bebés) New York Times, enero 24, 2022.
9 Stacia West y Amy Castro, “Impact of Guaranteed Income on Health, Finances, and Agency: Findings from the Stockton Randomized Controlled Trial,” (El impacto del ingreso garantizado en la salud, finanzas y autonomía: conclusiones de una prueba aleatoria controlada de Stockton) Journal of Urban Health, vol. 100, abril 10, 2023.
10 Investigaciones recientes sugieren que el incremento se debe a un cambio en los métodos de recopilación de datos, aunque eso no considera la disparidad racial.
11 Datos comparados de Giving USA y Open Secrets.
12 Este punto fue hecho antes por Steven H. Goldberg, Billions of Drops in Millions of Buckets (Mil millones de gotas en millones de cubetas), Hoboken, N.J.: John Wiley & Sons, 2009.
13 En promedio, los pagos de gobiernos de la OCDE reducen la pobreza en un 63%, pero en Estados Unidos los programas gubernamentales la reducen solo el 35%. Aunque la tasa de pobreza antes de los pagos gubernamentales es casi el mismo al promedio de la OCDE, la tasa después de incluidos todos los pagos gubernamentales es el doble del promedio. Véase Rank, Eppard y Bullock, Poorly Understood.
14 Solo 2.2% del PIB se dirige al alivio de la pobreza; otro 2.2 va a Medicaid. Duplicar estos gastos para alcanzar el promedio de la OCDE costaría 1.2 billones. Véase Ibid.
15 Peter Georgescu, Capitalists Arise!: End Economic Inequality, Grow the Middle Class, Heal the Nation (¡Capitalistas, levántense!: terminen con la desigualdad económica, hagan crecer a la clase media, curen la nación), Oakland, Calif.: Berrett-Koehler Publishers, 2017.
16 Los Ángeles aprobó una ordenanza municipal para hacer los horarios de los trabajadores de comercios minoristas más predecibles y justos. Las investigaciones sugieren que estos cambios pueden aumentar la rentabilidad de los empleadores al reducir la rotación e incrementar la productividad. Véase Zeynep Ton, The Good Jobs Strategy: How the Smartest Companies Invest in Employees to Lower Costs and Boosts Profits (La estrategia de los buenos empleos: Cómo las empresas más inteligentes invierten en sus empleados para reducir costos y aumentar las ganancias), Seattle: Lake Union Publishing, 2014.
17 Aunque un mayor porcentaje de personas de raza negra vive en situación de pobreza en comparación con personas blancas, una población blanca más grande significa que el número de personas blancas en pobreza es mucho menor que el número de personas negras. Véase Rank, Eppard y Bullock, Poorly Understood.
18 Véase Foundation Funding for US Democracy (Financiamiento de fundaciones por la democracia estadounidense); ver también Kelly Born, “The Role of Philanthropy and Nonprofits in Increasing Voter Turnout,” (El rol de la filantropía y las organizaciones sin fines de lucro en el aumento de la participación electoral) Stanford Social Innovation Review, invierno 2016.
19 Steve Phillips, Brown Is the New White (El café es el nuevo blanco), Nueva York: The New Press, 2016.
20 Steve Phillips, How We Win the Civil War (Cómo ganamos la Guerra civil), Nueva York: The New Press, 2022.
21 Los gastos de ayuda por COVID de 5.9 billones de dólares, decretados sin aumentar los impuestos, fue suficiente para pagar 1,300 dólares al mes, por una década, a cada uno de los 38 millones de adultos viviendo bajo el umbral de pobreza.
22 En un inicio, los participantes recibieron 200 dólares mensuales por reportar sus ingresos, ahorros, estados de salud y educación, pero los pagos se detuvieron después del primer año, pues se volvió claro que no eran una parte necesaria para la solución. David Bornstein, “Out of Poverty, Family-Style,” (Salir de la pobreza al estilo familiar) New York Times, julio 14, 2011.
23 Ibid.
24 Sirolli, Ripples from the Zambezi.
25 Ibid
26 Véase Maribel Morey, White Philanthropy: Carnegie Corporation’s ‘An American Dream’ and the Making of a White World Order (Filantropía blanca: 'El sueño americano' de la Carnegie Corporation y la creación de un orden mundial blanco), Chapel Hill, N.C.: University of North Carolina Press, 2021.
Autoras originales:
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Mark Kramer (Mark@Kramer.Capital) es colaborador habitual de SSIR y Harvard Business Review. Es cofundador, miembro del consejo y exdirector general de FSG y excatedrático de Harvard Business School. También es cofundador y director de Maternal Newborn Health Innovations (Innovaciones en Salud Materno-Neonatal) y socio en el fondo de inversión de impacto Congruence Capital.
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Steve Phillips es columnista en The Guardian y The Nation y ha colaborado con el New York Times y The Washington Post. Es anfitrión del podcast Democracy in Color with Steve Phillips y autor del best-seller del New York Times Brown Is the New White: How the Demographic Revolution Has Created a New American Majority (El café es el nuevo blanco: cómo la revolución demográfica ha creado una nueva mayoría estadounidense) y How We Win the Civil War: Securing a Multiracial Democracy and Ending White Supremacy for Good (Cómo ganamos la Guerra civil: asegurar una democracia multirracial y terminar para siempre la supremacía blanca)
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Este artículo es contenido original de la Revista Stanford Social Innovation Review publicado en la edición invierno 2024.
- Traducción del artículo Where Strategic Philanthropy Went Wrong por Carlos Calles.
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