El Pasaje, un espacio cultural en Chile, es un ejemplo de cómo la mediación cultural autogestiva impulsa el acceso a la cultura mientras desarrolla un modelo de negocio sostenible que preserva y fortalece las expresiones culturales locales.
Cuando los países latinoamericanos eligen cómo distribuir su presupuesto, la cultura y las artes suelen quedar relegadas. Según datos de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), los gobiernos de la región destinan solamente el 0,1% de su PIB a la cultura. Asimismo, de acuerdo con datos de la investigación «Consumos culturales en América Latina» el Índice de Consumo Cultural para los países latinoamericanos de la OCDE es de 0.73. Ante este panorama, la mediación cultural surge como respuesta para acercar la cultura a las personas que, de otro modo, podrían tener dificultades para acceder a ella. En este proceso, los mediadores culturales se convierten en agentes clave que tienden puentes entre las obras artísticas y la comunidad.
Abbas Abi Raad, fundador del espacio cultural El Pasaje en Viña del Mar, Chile, se convirtió en mediador cultural sin buscarlo. Aunque es abogado de profesión, siempre estuvo inmerso en círculos culturales. Al intentar ayudar a sus amistades dedicadas a la música o la literatura a mostrar su arte, se dio cuenta que los modelos de negocio en torno a la cultura no le resultaban del todo agradables. «Necesitaba un espacio propio donde todas estas personas que me convocaban pudieran tener su casa para desarrollar sus expresiones artísticas sin que [...] fueran ellos quienes financiaran ese espacio, sino que yo [...] pudiera encontrar diversas fuentes de financiamiento y así poder recibirlos tranquilamente», comentó. Además, al llegar a Chile, notó que era casi imposible encontrar en las librerías los títulos literarios no comerciales que a él le interesaban. Motivado por su interés en ampliar la oferta cultural de Viña del Mar, fundó un espacio que le permitió combinar dos objetivos: organizar eventos culturales y acercar la literatura a la comunidad.
El Pasaje comenzó con un equipo de 12 personas, como un espacio para conciertos que incluía una biblioteca comunitaria con 500 ejemplares curados por Abi. Hoy, El Pasaje cuenta con 45 personas en su equipo, lo que le ha permitido incorporar diversos proyectos culturales. Actualmente, cuentan con tres líneas de trabajo: la primera, la literaria, incluye una biblioteca comunitaria de uso gratuito con 2,500 ejemplares; además, organizan clubes de lectura, presentaciones de libros, conversaciones con autores, así como la convocatoria al concurso literario «Se busca poeta», el primero autogestionado en Viña del Mar. La segunda línea, la musical, se centra en la realización de conciertos acústicos; su objetivo consiste en concientizar a músicos internacionales sobre los desafíos que enfrenta el arte en Chile. Finalmente, la cafetería, la cual permite al Pasaje obtener ingresos.
El librero de El Pasaje Café (Cortesía de Paulo Mendoza-El Pasaje)
Una de las principales innovaciones de El Pasaje es su compromiso firme por no convertir el acceso a la cultura en una mera actividad de consumo. «Tenemos que saber separar muy bien que los productos sostienen a la cultura y no la cultura al producto, o que la cultura se vuelva un producto», explicó Abi. Para lograrlo, han priorizado la construcción de una comunidad «fiel a un espacio que está esforzándose por curar cada actividad», una comunidad que desee regresar independientemente de quiénes se presenten. En El Pasaje, el acceso a las actividades culturales no está condicionado al consumo de la cafetería: las personas son libres de asistir a las actividades gratuitas y de utilizar la biblioteca comunitaria sin necesidad de consumir.
En palabras del propio Abi: «Poder construir una comunidad en tiempos de consumo rápido es difícil». Sin embargo, El Pasaje se ha convertido en un punto de encuentro entre mundos que, de otro modo, tal vez no hubieran coincidido. «Están las personas que llegan por el café y terminan descubriendo este universo de libros; están las que llegan por los libros y terminan escuchando música. Hay músicos y artistas emergentes que encuentran en El Pasaje un escenario, pero también una audiencia que confía en nuestra curaduría. Están las personas que son estudiantes, investigadoras, académicas, personas curiosas que buscan, por ejemplo, conversación y pensamiento crítico. Hay trabajadores independientes que usan el espacio como una oficina. Hay vecinos y familias que viven en el barrio. [...] El Pasaje funciona bajo la lógica de la pertenencia. La gente se siente dueña de ese lugar y eso no es accidental: eso sí fue planteado desde un principio».
Sin dejar de lado su espíritu comunitario, El Pasaje ha desarrollado un modelo de negocio que garantiza la sostenibilidad del proyecto a largo plazo. La cafetería mantiene un flujo constante de ingresos, mientras que un porcentaje de las utilidades se reinvierte para mantener y ampliar la oferta cultural del espacio. Además, están explorando la posibilidad de implementar un modelo de suscripción que integre distintas experiencias de El Pasaje, lo cual no solo ampliará sus fuentes de ingreso, sino que también fortalecerá su comunidad.
La labor de mediación cultural que realiza El Pasaje se basa en una concepción de la cultura como un bien común al que todos puedan acceder. De esta manera, la iniciativa ha contribuido a visibilizar la a menudo desapercibida industria creativa de Viña del Mar desde una perspectiva comunitaria y colectiva. «El Pasaje instaló la sospecha de que Viña del Mar puede ser una ciudad distinta y que puede ser atractiva no solamente para las personas que quieren pasear por la playa, sino que puede ser atractiva para personas que quieren tener una especie de refugio urbano donde suceden cosas», afirmó Abi.
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Autora original:
- Fernanda Iriarte es estudiante de la Licenciatura en Letras Hispánicas por el Tecnológico de Monterrey y editora de estilo para SSIR en Español. Desde el 2024, se ha desempeñado como redactora, copywriter, periodista cultural y editora.
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Este artículo es contenido original de la edición #20 de la revista Stanford Social Innovation Review en Español.
Edición de María José González
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