Cómo la innovación social puede transformar un siglo de separación generacional en Estados Unidos y unir el talento de los jóvenes y los adultos mayores para mejorar la vida de todos.
En los Estados Unidos del siglo XIX, todos los aspectos importantes de la vida cotidiana estaban integrados por personas de todas las edades. Las personas mayores y los jóvenes trabajaban codo a codo en los campos de una economía agraria. Los hogares multigeneracionales eran la norma. Incluso en aquellas escuelas de una sola aula de antaño, era frecuente encontrar a niños y adultos aprendiendo a leer juntos bajo el mismo techo. De hecho, apenas se prestaba atención a la edad en sí. La gente no celebraba los cumpleaños. A la mayoría le costaba mucho incluso recordar cuántos años tenían.
Pero en las primeras décadas del siglo XX, el impulso hacia la eficiencia y la estandarización que acompañó a la industrialización provocó una reorganización radical de la vida estadounidense. Un nuevo conjunto de leyes e instituciones comenzó a reunir a los jóvenes con otros jóvenes, y a las personas mayores con otras personas mayores. Poco a poco, las dos generaciones dejaron de encontrarse, y para finales del siglo XX, Estados Unidos había llegado a asemejarse a lo que el profesor de economía Andrew Scott, coautor de La vida de 100 años, describe como un estado de «apartheid por edad».
Esta separación por edad nos ha dejado mal preparados para el mundo actual en el que las personas viven más tiempo y la sociedad es cada vez más multigeneracional. Ha contribuido a problemas sociales generalizados como la discriminación por edad, la hostilidad entre generaciones y la soledad. Y lo que es igual de preocupante, nos estamos perdiendo las numerosas oportunidades para que las personas se apoyen mutuamente y aprovechen los talentos tanto de jóvenes como de adultos mayores con el fin de mejorar la vida de todos.
Dado que por primera vez en la historia de Estados Unidos hay más estadounidenses mayores de 60 años que menores de 18, es hora de revertir esta situación de manera que se mitiguen los efectos negativos de la segregación por edad y se aprovechen mejor los beneficios de la interdependencia intergeneracional.
Los riesgos de la innovación segregada por edad
Es importante señalar que la reestructuración de la sociedad por edades en el siglo XX no fue, en absoluto, el resultado de un complot malintencionado para mantener separadas a las generaciones. Más bien, fue impulsada por políticas públicas bien intencionadas e innovaciones sociales destinadas a lograr una mayor eficiencia y resolver problemas importantes. Las nuevas leyes de educación universal y contra el trabajo infantil, por ejemplo, llevaron a que las escuelas agruparan a los alumnos de la misma edad en las aulas. La seguridad social y la jubilación obligatoria contribuyeron a que los empleados de más edad salieran de la fuerza laboral en medio del alto desempleo de la época de la Gran Depresión. Medidas como estas, en última instancia, contribuyeron a la segregación por edad de los adultos mayores.
Pensemos en la creación de las comunidades de jubilados. A medida que la esperanza de vida y el número de jubilados aumentaron drásticamente a mediados de siglo, surgió una «brecha de propósito». Las personas mayores, cada vez más marginadas por la sociedad, se convirtieron en una población paria. En 1949, el presidente del Sindicato de Trabajadores Automotrices (United Auto Workers), Walter Reuther, describió al creciente número de jubilados como «demasiado viejos para trabajar, demasiado jóvenes para morir». Siete años más tarde, el crítico de arquitectura Lewis Mumford denunció la situación en un ensayo para Architectural Record, en el que escribió:
«Probablemente en ningún otro período ni en ninguna otra cultura los ancianos hayan sido rechazados tan completamente como en nuestro propio país. ... Los ancianos encuentran que sus vidas se vuelven cada vez más sin sentido y vacías, mientras que, irónicamente, sus días se alargan».
Mumford recomendó adoptar una filosofía de vida con un propósito que ayudara a las personas a resistirse a unas décadas marcadas por las actividades de ocio, la televisión y una visión de la vejez como «juego». Lo más importante, instó a la proximidad generacional y a la participación de las personas mayores en la vida cotidiana. El título de su ensayo: «Para las personas mayores: no segregación, sino integración».
El mismo año en que se publicó la orden judicial de Mumford, un innovador social llamado Benjamin Schleifer se encontraba en pleno proceso de establecer la primera comunidad de jubilados segregada por edad en Estados Unidos. Conmocionado por el aislamiento de un amigo anciano y de tantas otras personas de la tercera edad, Schleifer quería crear una comunidad donde las personas mayores de recursos modestos pudieran escapar del desprecio social y encontrar la compañía de personas de su misma edad. El resultado fue Youngtown, una comunidad de jubilados a 20 millas de Phoenix, abierta únicamente a compradores mayores de 55 años. No se permiten niños. En Youngtown, las personas mayores podían redescubrir su juventud en una nación obsesionada con los jóvenes y con poca preocupación por su creciente población de edad avanzada. De hecho, la idea de una «segunda juventud» y la segregación por edad iban de la mano: si todos eran viejos, entonces nadie era viejo —una ilusión juvenil perpetuada por la ausencia de jóvenes reales.
Youngtown apareció bastante en las noticias nacionales y pronto sirvió de inspiración para un emprendedor llamado Del Webb, quien tenía sueños aún más grandes. Justo enfrente del modesto conjunto de casas de Youngtown, Webb construyó la primera comunidad de jubilados Sun City en 1960, que hoy alberga a casi 40 000 residentes. Esta transformación de la vivienda a mediados de siglo fue solo un hito más en una reorganización social que se prolongó durante todo un siglo. Inventores brillantes y buenas intenciones dieron lugar a una sucesión de instituciones segregadas por edades, una tras otra (guarderías, escuelas secundarias, centros para personas mayores y residencias asistidas), a medida que las generaciones pasaban a habitar, cada vez más, esferas totalmente separadas.
Cómo lidiar con las consecuencias
A pesar de todos los problemas inmediatos que estas innovaciones sociales buscaban aliviar (y a menudo lo lograban), en conjunto contribuyeron a crear una sociedad en contradicción con lo que las personas necesitan para prosperar. Existe abundante evidencia, por ejemplo, en el campo de la psicología del desarrollo, de que los adultos mayores y los jóvenes se necesitan mutuamente. A medida que las personas mayores avanzan hacia las últimas etapas de la vida, desarrollan un profundo deseo de cuidar a la próxima generación; mientras tanto, los jóvenes necesitan que se les cuide. Es una relación recíproca que se remonta al inicio de la historia de la humanidad, y que es clave para la felicidad humana. Tras seguir a cientos de personas durante más de 80 años, el Estudio del Desarrollo de los Adultos de Harvard descubrió que las personas de mediana edad y mayores que se dedicaban a cuidar y formar a las generaciones más jóvenes tenían tres veces más probabilidades de ser felices que aquellas que no lo hacían.
Hemos obstaculizado estas relaciones intergeneracionales a nuestro propio riesgo. La demógrafa Richelle Winkler descubrió que la segregación por edad en Estados Unidos suele estar tan arraigada como la segregación racial. Su investigación reveló que los adultos mayores y los jóvenes suelen estar tan segregados como los hispanos y los blancos no hispanos. En otro estudio estadounidense, aproximadamente un tercio de las personas mayores de 55 años indicaron que residen en comunidades compuestas principalmente por personas de su misma edad.
Sin proximidad, no es fácil que se forjen vínculos entre las diferentes generaciones. Un estudio reveló que apenas el 6% de las personas mayores de 60 años hablaba de «asuntos importantes» con personas ajenas a la familia menores de 36 años. La falta de proximidad también puede ser responsable del aumento de la soledad, la discriminación por edad y los malentendidos. Según una encuesta de 2018 basada en la Escala de Soledad de la UCLA y realizada por Ipsos para la aseguradora de salud Cigna, los dos grupos más solitarios del país son los jóvenes y las personas mayores. Por otro lado, una investigación de Becca Levy de la Universidad de Yale sugiere que el impacto psicológico adverso de la discriminación por edad internalizada tiene efectos negativos significativos en la salud física y mental.
En términos más generales, como observó el difunto psicólogo del desarrollo Erik Erikson, la segregación por edad priva a las personas de un sentido de la integridad de la vida y deja a los individuos sin la preparación necesaria para pasar de una etapa de la vida a otra. ¿Cómo podemos saber cómo envejecer con dignidad si tenemos poco contacto con personas mayores? Esta división, asimismo, nos deja con muy pocas oportunidades para que personas de diferentes edades compartan puntos de vista, vean más allá de los estereotipos y trabajen juntas hacia metas comunes.
Aprovechar el momento multigeneracional
A medida que la población de Estados Unidos envejece y se vuelve más diversa, el país se enfrenta a un desafío fundamental y pragmático: ¿Cómo podemos cambiar el rumbo a tiempo no solo para reducir los problemas de desconexión y división basados en la edad, sino también para aprovechar las inmensas posibilidades que ofrecen la conexión y la colaboración intergeneracionales?
La innovación social (la iniciativa en gran medida responsable de que hayamos llegado a esta situación en primer lugar) es una parte importante de la solución. En resumen, debemos ser tan creativos a la hora de unir a las personas de todas las edades como lo hemos sido a la hora de separarlas. Y debemos hacerlo de manera que sustituyamos el panorama de la vida cotidiana, caracterizado por la segregación por edades, por una mayor cercanía y un propósito compartido.
Sin duda, es una tarea abrumadora, pero aquí hay una buena noticia: no tenemos que empezar de cero. Singapur, líder mundial en esta iniciativa, invirtió recientemente 3 mil millones de dólares singapurenses (unos 2,4 mil millones de dólares estadounidenses) para convertir su ciudad-estado de 5,6 millones de habitantes en un «kampong para todas las edades»: una comunidad basada en la armonía intergeneracional. ¿Cómo? A través de un conjunto de medidas de sentido común, como ubicar juntos centros para personas mayores y guarderías, y construir nuevas urbanizaciones basadas en el precepto de la convivencia multigeneracional.
Singapur puede ser el experimento más ambicioso del mundo, pero no es el único. Liderada por la agencia de bienestar infantil y familiar más grande del país, Finlandia está en medio de una iniciativa para crear «abuelos de la comunidad», que conecta a personas mayores y más jóvenes sin parentesco en casos en los que los familiares suelen estar separados por muchos kilómetros . En Zimbabue, la ONG Friendship Bench ha capacitado a cientos de abuelas para brindar apoyo social y emocional a madres jóvenes y a otras personas que luchan contra la depresión. Y en Gran Bretaña, la organización sin fines de lucro Now Teach está reclutando a personas de entre 50, 60 y 70 años para que se conviertan en maestros de matemáticas y ciencias en aulas de comunidades de bajos ingresos.
En ningún lugar es más vibrante el espíritu de la innovación intergeneracional que en Estados Unidos. De hecho, muchas de las medidas del plan de Singapur se inspiraron en iniciativas que se están llevando a cabo en Estados Unidos, entre ellas Providence-Mt. Saint Vincent, un centro de vida asistida en West Seattle que alberga a un total de 400 personas mayores y cuenta con un salón de preescolar en cada una de las cuatro plantas del edificio. Emprendedores sociales de todas las edades y que trabajan en todos los sectores están creando una amplia gama de innovaciones arraigadas en patrones tradicionales de comportamiento humano, pero que responden a los desafíos de la vida contemporánea.
Algunos están aprovechando el espíritu de la economía colaborativa para reinventar la vivienda, sustituyendo las «ciudades para jóvenes» del pasado por «ciudades para jóvenes y mayores». Otros están fusionando instituciones que antes estaban segregadas por edad para crear otras nuevas, en las que se integran todas las edades. Y otros más están combinando los activos únicos de las distintas generaciones para crear tipos de valor completamente nuevos.
Un análisis más detallado de los retos y las soluciones
Esta serie de artículos pone de relieve estas iniciativas prometedoras. Los reportajes exploran las lecciones que los innovadores sociales están aprendiendo, los avances que están logrando y los obstáculos con los que se topan, y por lo tanto pueden ayudar a comenzar a ampliar de manera significativa las soluciones intergeneracionales para satisfacer la necesidad y aprovechar la oportunidad.
La serie está dirigida a innovadores sociales interesados en enfrentar los desafíos únicos que plantean los nuevos patrones demográficos, resolver problemas de manera creativa y forjar comunidades más cohesionadas. También está dirigida a inversionistas y filántropos que buscan soluciones que trasciendan categorías —tanto basadas en el sentido común como de vanguardia— y a responsables de políticas decididos a aprovechar la diversidad de los estadounidenses de maneras que impulsen el progreso del país.
En otras palabras, la serie busca llegar a todos aquellos que creen que las ideas innovadoras y los nuevos modelos sociales tienen el potencial de aprovechar al máximo la sociedad multigeneracional que ya es una realidad.
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Autores:
- Marc Freedman, director ejecutivo de Encore.org, es autor, entre otros, de su obra más reciente: Cómo vivir para siempre: el poder perdurable de conectar a las generaciones.
- Trent Stamp es el director ejecutivo de la Fundación Eisner, la única fundación en Estados Unidos que invierte exclusivamente en soluciones intergeneracionales.
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Este artículo es contenido original de la revista de Stanford Social Innovation Review publicado en 2021.
- Traducción del artículo Overcoming age segregation por Ángela Mariscal.
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