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¿Qué más podemos hacer? Las trece intenciones de la filantropía

2026-07-07
Por Ariel Simon
SSIRñ #20
Filantropía y Recaudación

Un año de turbulencias ha puesto de manifiesto los peligros de los monocultivos filantrópicos y ha dado un vuelco a las ideas preconcebidas sobre el impacto, la eficacia y la escala. Aceptar la diversidad de intenciones que motivan a las personas a donar ofrece un camino hacia el futuro más resiliente y pluralista.

Hace unos meses, conocí a alguien que acababa de sufrir una pérdida inimaginable: una persona extraordinaria y muy querida de su familia había fallecido en un tiroteo masivo que acaparó los titulares de todo el mundo. Tras la tragedia, escribió una declaración de intenciones y valores para honrar su memoria. Su duda era cómo plasmar esa declaración en acciones, en algo duradero.

Su credo era incomparablemente más humano y convincente que cualquier publicación viral de LinkedIn o cualquier informe de fundación cuidadosamente elaborado. Quizá eso no sea de extrañar. Sin embargo, me llamó la atención lo poco que su visión y sus ambiciones comunitarias y humanitarias tenían que ver con la escala, la capacidad de multiplicar resultados, el poder, el impacto colectivo o cualquier otra tendencia filantrópica o palabra de moda del momento. Me abrió los ojos y me ablandó el corazón.

Entre las muchas cualidades que caracterizaban a su ser amado destacaba una hermosa disciplina de generosidad. Cada noche ella se preguntaba: «¿Qué más puedo hacer por alguien más?», y luego lo hacía antes de acostarse. Inspirado en su ejemplo, me comprometí a enviarle un correo electrónico detallado antes de que acabara el día siguiente. Le había prometido que incluiría una lista de intenciones filantrópicas sobre las que reflexionar, esbozando las diversas razones por las que la gente dona y cómo las diferentes visiones del éxito dan lugar a diferentes estrategias para la donación. Redactarlo resultó más difícil de lo previsto. Simplemente había dado por sentado que habría un sinfín de tipologías de este tipo, tanto en papel como en Internet. Pero una noche de búsqueda hasta altas horas de la madrugada y una consulta apresurada con colegas del ámbito profesional y académico me confirmaron que, para cumplir mi promesa, tendría que crear una desde cero.

El credo de mi nuevo amigo resaltaba una forma más completa y convincente de concebir el éxito, ya sea el que persiguen los donantes habituales o las fundaciones patrimoniales: una visión basada en las intenciones que motivan la donación. Esas intenciones reflejan impulsos humanos perdurables (las virtudes y las locuras); nuestras relaciones, comunidades y sentido de identidad; y enseñanzas culturales y tradiciones religiosas ricas y diversas. Ver la donación a través del prisma de las intenciones refleja mejor cómo funciona el mundo y ofrece una visión más coherente, ambiciosa y pluralista de la filantropía estadounidense en un momento en el que sus ideologías, sus teorías sobre el impacto y, sí, sus deducciones fiscales, han sido puestas en tela de juicio.

Al pulsar «enviar» antes de irme a dormir, se me ocurrió que nuestro sector necesita urgentemente plantearse la misma pregunta que dio origen a todo este ejercicio. Tras un año de profundos cambios en todo el sector sin fines de lucro, ahora es el momento de preguntarnos: «¿Qué más podemos hacer?».

Nuestras múltiples razones para dar

«Der mentsh trakht, un G-t lakht», dice el proverbio yiddish. «El hombre planea y Dios se ríe». Esa expresión de ironía y resiliencia parece muy acertada en estos tiempos para las fundaciones, las organizaciones sin fines de lucro y las ONG. Muchos de nuestros planes mejor trazados y nuestras teorías del cambio se han desmoronado, ya que el gobierno federal se ha convertido en un socio voluble que retira su apoyo con frecuencia. Las organizaciones sin fines de lucro se encuentran en apuros financieros, los despidos se extienden por todo el sector y las comunidades quedan desprotegidas.

Esas duras realidades complican un enfoque del cambio social que ha dominado el pensamiento de muchos financiadores durante una generación: el modelo de traspaso al gobierno para lograr la ampliación. La esencia de ese enfoque es sencilla: la filantropía siembra la innovación; el gobierno la amplía. Cuando funciona, es elegante. Las vacunas llegan a millones de personas, se mitiga el hambre, la educación preescolar se generaliza y las iniciativas que antes se sostenían con donaciones se convierten en partidas presupuestarias públicas. Pero si el gobierno se retira, el modelo acaba sumido en el caos, y las organizaciones sin fines de lucro y las comunidades se quedan pagando los platos rotos.

Los críticos pueden verse tentados a culpar a la arrogancia: fundaciones que presumen de saber lo que funciona y tienen el descaro de usar millones de dólares para intentar reorientar («aprovechar») fondos públicos que ascienden a miles de millones. Pero una delgada línea distingue la arrogancia del optimismo impaciente. En áreas como la salud global, la ampliación a través del sector público o privado sigue siendo un objetivo vital. (La ciencia ha dejado claro que cuantos más niños reciban la vacuna contra la poliomielitis, mejor). La cuestión no es que el modelo sea intrínsecamente erróneo, sino que ha generado un monocultivo moral que equipara «hacer el bien» con «alcanzar escala» y «maximizar el impacto». Corrientes de pensamiento enteras, entre las que se incluyen bastantes defensores acérrimos del altruismo eficaz, sostienen que no solo es un objetivo digno de la filantropía, sino el único verdaderamente defendible. El problema es que, como ocurre con cualquier monocultivo, es frágil cuando cambian las condiciones del terreno y susceptible a crisis como la que estamos viviendo.

La mejor manera de abordar las múltiples visiones convincentes de la acción moral en una democracia es aceptar que la propia puede no ser la correcta y actuar en consecuencia. Eso no siempre resulta fácil para quienes se dedican al sector del impacto social.

«Llegar a gran escala» resulta atractivo para los grandes financiadores por una buena razón: de una gran riqueza se deriva una gran responsabilidad. Si tus recursos ofrecen una vía plausible para «resolver» la pobreza, la malaria o el hambre, pero te limitas a poner tu nombre en las alas de un museo (con una deducción fiscal de por medio), podría decirse que podrías hacer un mejor uso de tus donaciones y que estás dejando de lado el valor moral. También se han planteado argumentos similares a favor de apoyar comedores sociales locales en vez de iniciativas de mosquiteros contra la malaria, o de donar a organizaciones benéficas religiosas en lugar de a movimientos de base.

Pero reflexionemos sobre cuántas suposiciones se esconden tras esa línea de pensamiento: sobre «resolver» los problemas globales, dar frente a acumular riqueza, el valor de las instituciones culturales y religiosas, la naturaleza de la acción moral. Hay una profunda meshuggaas (locura) en la idea de que solo hay una forma correcta de marcar la diferencia. El gran rabino Moisés Maimónides habló de múltiples tipos de tzedaká (caridad) ascendente, siendo la más elevada la donación anónima y el apoyo que permite la autosuficiencia. Probablemente ninguna de ellas encajaría en gran parte del discurso actual sobre el cambio social, pero la tradición judía las considera vitales. Pido disculpas a muchos amigos y colegas, pero creo que nuestra sabiduría moral no es mayor que la de Immanuel Kant, el Dr. Martin Luther King Jr., Confucio, Jesús, Buda o Maimónides, y esas tradiciones morales no están aquí para usar sus niveles de clasificación.

El teólogo estadounidense de mediados del siglo XX Reinhold Niebuhr sugirió que la mejor manera de lidiar con múltiples visiones convincentes de la acción moral en una democracia es aceptar que la tuya puede no ser la correcta y ajustarte en consecuencia. Esa receta no siempre es fácil para quienes se adentran en el sector del impacto social con fuertes convicciones sobre lo que es correcto y bueno. En ausencia de un amortiguador pluralista —de la conciencia y la aceptación de las diversas intenciones morales de otras personas— podemos convertirnos (y a menudo lo hacemos) en un grupo de detractores y moralistas. No es una buena imagen y, como demuestran los titulares recientes, no ha sido precisamente sutil ni eficaz. Podemos hacerlo mejor.

Cómo clasificar las intenciones

Un influyente movimiento filantrópico de los últimos años ha puesto de relieve el reparto y el fortalecimiento del poder, promoviendo conceptos como la «descolonización de la riqueza» y prácticas como las donaciones participativas y la filantropía basada en la confianza. La intención (por simplificar mucho) es transferir el poder y los recursos de los financiadores a los grupos y comunidades que, tanto en el pasado como en la actualidad, carecen de ese poder o han sido despojados de él, para que puedan definir sus propias prioridades y su futuro. Por lo tanto, el éxito no consiste principalmente en alcanzar una escala cuantitativa de impacto; depende de cómo se realiza el trabajo y de quién decide qué.

Ese enfoque ha transformado ámbitos como el desarrollo comunitario, donde los residentes se encuentran en una posición única para definir sus propias prioridades y necesidades en lo que respecta a los activos la colonia o la seguridad pública. Pero la misma lógica sugiere un enfoque diferente si el objetivo es desarrollar una vacuna para detener una pandemia, una situación en la que la experiencia científica y la rapidez son lo más importante. La cuestión no es que un enfoque sea correcto y el otro incorrecto, en abstracto. Es que la táctica adecuada, y la definición de éxito, dependen de las intenciones que guían la donación.

La filantropía estadounidense se nutre de al menos 13 intenciones, cada una con su propia visión del éxito y su lógica moral de lo que es el bien. Después de examinar múltiples versiones de esa tipología con profesionales y académicos, cada intención dentro de ella se destacó como genuinamente distinta y lo suficientemente común como para ser relevante. Me gustaría que la lista fuera más corta, pero descubrí que al combinar intenciones siempre se pasaba por alto algo importante.

He resumido las 13 intenciones, con sus definiciones, ejemplos, tácticas comunes y visiones del éxito, en una tabla. (Véase «Las 13 intenciones de la filantropía», páginas 40-41). Se agrupan en cuatro familias —comunitaria, transformadora, declarativa y humanitaria— que ilustran sus conexiones. Reflexionando sobre ello, me pareció una clasificación mejor que la de «instrumental» (intentar hacer algo) frente a «expresiva» (intentar decir algo), ya que todo acto de donación tiene dimensiones tanto instrumentales como expresivas, solo que en diferentes proporciones. La cuestión no es encasillar cada acto de donación, sino reconocer toda la gama de intenciones que lo impulsan, de las cuales solo algunas vinculan el éxito a la escala.

Por supuesto, las personas también pueden actuar movidas por intereses egoístas: el enriquecimiento propio, la satisfacción hedonista, el «pago por favores», las relaciones públicas, el lavado de imagen e incluso el egoísmo ilustrado. Un cínico podría incluso decir que estas son las motivaciones más comunes para dar. Quizá sea así. Pero muy pocas personas dan sin alegría, y lo que se considera un éxito en esos casos es relativamente sencillo y bastante transparente, por lo que he decidido no insistir en ello aquí.

Las 13 intenciones de la filantropía

La tabla desglosa las motivaciones que impulsan la filantropía estadounidense en cuatro grupos: comunitarias, transformadoras, declarativas y humanitarias.

El significado de la «efectividad»

La clasificación de intenciones que presenta la tabla no solo aclara y descifra los diferentes enfoques de la filantropía, sino que también ofrece una perspectiva más amplia y adecuada para comprender y evaluar la «eficacia». Sugiere que el término «eficaz» es intrínsecamente contextual y ayuda a evitar el error de categoría que supone imponer la visión de éxito de una intención a otra. Destaca que la mejor manera de juzgar la eficacia de un acto de servicio o filantropía es preguntarse por qué se llevó a cabo en primer lugar y qué se pretendía lograr.

La ampliación de escala, por ejemplo, es un imperativo crucial para quienes esperan erradicar la tuberculosis o aumentar el acceso al agua potable (Intención 6: Abordar un problema grave). Pero no es realmente una prioridad para los donantes que buscan conmemorar a las víctimas de una tragedia y garantizar que sus lecciones nunca se olviden (Intención 2: Retribuir o conmemorar), ni a los financiadores de asociaciones de vecinos y grupos comunitarios que buscan fomentar la cohesión y la resiliencia de la comunidad (Intención 1: Fortalecer la comunidad), ni a los donantes de investigación teórica que esperan desentrañar los misterios del universo (Intención 5: Acelerar los avances), ni a las personas que son testigos del hambre en su barrio y dedican tiempo y dinero a los bancos de alimentos locales como expresión de solidaridad y humanidad compartida (Intención 12: Tender la mano). Calificar tal generosidad de «suboptimizada» pasa por alto por completo la intención —la motivación para dar en primer lugar—.

Algunas de las contribuciones filantrópicas más legendarias e importantes del siglo pasado siguen esa lección. Consideremos los tres ejemplos siguientes, ninguno de los cuales se basó en un cálculo cuantificable de «alcanzar una mayor escala» o «maximizar el impacto», y sin embargo todos ellos resultaron transformadores.

1. El apoyo de la Fundación Ford al Movimiento por los Derechos Civiles | Entre 1960 y 1968, Ford aumentó el financiamiento destinado a grupos de derechos civiles del 2.5% de sus donaciones anuales al 36.5%, apoyando la labor histórica de grupos como la NAACP (Asociación Nacional para el Avance de las Personas de Color; National Association for the Advancement of Colored People), el Fondo de Defensa Legal y la Liga Urbana Nacional. Es imposible comprender esas inversiones sin tener en cuenta el deseo de la fundación de posicionarse a favor de los derechos civiles (Intención 10: Tomar una postura) y de fortalecer el poder de los grupos minoritarios en Estados Unidos (Intención 9: Construir poder). Intentar cuantificar la contribución relativa de Ford al éxito transformador de esas organizaciones es una locura y no viene al caso.

Existen otros indicadores mejores de su éxito. Hace varios años, mientras deambulaba por la New York Antiquarian Book Fair (Feria del Libro Antiguo de Nueva York), me topé con un folleto del Citizens Council of Greater New Orleans (Consejo Ciudadano del Gran Nueva Orleans) en el que se instaba a «todos los ciudadanos blancos» a dejar de comprar productos Ford para «secar al menos una fuente de dinero que se está utilizando para destruir nuestro modo de vida sureño». Me pareció un artefacto notable del impacto filantrópico y envié una foto a un amigo de Ford. Minutos después, recibí una llamada de un número desconocido. Era el presidente de la Fundación Ford, Darren Walker, que se dirigía a toda prisa a la feria del libro, deseando saber dónde podía encontrar el folleto. Hoy en día, sigue colgado en la sede de la fundación.

2. Las escuelas de Julius Rosenwald y Booker T. Washington en el sur de Estados Unidos | El empresario y filántropo Julius Rosenwald se asoció con el famoso educador y líder de los derechos civiles Booker T. Washington para construir más de 5,000 escuelas Rosenwald a principios del siglo XX, con el objetivo de apoyar a los estudiantes negros en el sur, donde imperaba la segregación. Esa colaboración se convirtió en una piedra angular de la filantropía estadounidense moderna. La fundación de Rosenwald exigía una aportación equivalente por parte de la comunidad, lo que reflejaba el deseo de crear activos cívicos duraderos a través de la implicación comunitaria (Intención 3: Construir y preservar los bienes comunes) y de potenciar el potencial de miles de niños y jóvenes que, de otro modo, quedarían excluidos de la educación pública (Intención 13: Desarrollar el potencial).

El éxito para Rosenwald y Washington no se reducía únicamente al número de escuelas construidas o de estudiantes atendidos (aunque esas cifras eran muy importantes); se trataba también de dignidad, autonomía, potencial, inversión comunitaria y, en última instancia, de cambiar una realidad injusta en la educación pública. Sus esfuerzos representaban lo mejor de la filantropía estadounidense, aunque carecieran de un cálculo de optimización del impacto.

3. El «Gran Acuerdo» de Detroit | La recuperación de Detroit tras décadas de despoblación y falta de inversión pendía de un hilo después de que el administrador de emergencia designado por el estado se declarara en quiebra en 2013. Los acreedores llegaron a la ciudad para evaluar el valor de todos los activos municipales, incluido Homer, un perezoso del zoológico; los jubilados se enfrentaban a recortes catastróficos en sus pensiones; piezas históricas de valor incalculable del  Detroit Institute of Art estaban en venta; y la ciudad se arriesgaba a una década de litigios que habrían socavado cualquier recuperación económica.

En una historia contada muchas veces, una coalición de financiadores y organizaciones sin fines de lucro se unió para aportar más de 800 millones de dólares con el fin de ayudar a la ciudad a salir de la protección por quiebra a cambio de pensiones protegidas y activos irremplazables. Esa colaboración fue profundamente comunitaria. Estaba impulsada por el deseo de apoyar a la comunidad de Detroit, con la que cada donante tenía una conexión especial (Intenciones 1: Fortalecer la comunidad y 2: Retribuir o conmemorar), así como de proteger activos cívicos vitales y contratos sociales (Intención 3: Construir y preservar los bienes comunes) en medio de una crisis sin precedentes en una gran ciudad estadounidense (Intención 11: Responder a una crisis).

En aquel momento, le planteé al presidente de una de las fundaciones asociadas —cuya contribución supuso la mayor donación de su larga historia— las preguntas obvias sobre los precedentes y el coste de oportunidad. ¿Cómo respondería a una petición similar procedente, por ejemplo, de Stockton (California)? ¿O a los críticos que señalaban hasta qué punto $800 millones de dólares contribuirían a paliar el hambre en el mundo?

«No me preocupa crear un precedente», respondió. «Tenemos una obligación especial con este lugar. Es nuestro origen y una de las principales razones por las que [esta fundación] existe». De igual modo, calificó la cuestión del hambre como un juego de suma cero innecesario y, además, como un non sequitur: daba por sentado que, de no ser por esto, los financiadores participantes se habrían centrado en ese otro tema o se habrían unido en torno a él de la misma forma que lo hicieron ante una crisis única en la vida en su ciudad natal.

Estas tres contribuciones fueron tan excepcionales en su efecto como comunes en su intención, e intenciones similares han alentado muchos de los momentos más emblemáticos de la filantropía estadounidense, desde el trabajo pionero de Clara Barton con la Cruz Roja hasta el papel crucial de las sociedades de ayuda mutua en el Ferrocarril Subterráneo. También impulsan la mayoría de los actos de donación cotidianos.

Por lo tanto, esas intenciones no son mejores ni más eficaces en abstracto que otras motivaciones para donar, ni los ejemplos están exentos de crítica. Cualquier intención puede perseguirse (y a menudo se persigue) de forma torpe y con anteojeras ideológicas y, lamentablemente, no son pocos los movimientos en nuestro ámbito que están convencidos de que la suya es la única forma correcta de hacer filantropía. Pero solo una cámara de eco monocultural sugeriría que las intenciones que inspiraron actos históricos tan transformadores son, de alguna manera, inevitablemente menos «eficaces» que sus propias formas de hacer las cosas.

Usar la tipología

La tipología ofrece también una especie de conjunto de herramientas, ya que se observa un patrón similar que va del «por qué» al «cómo»: los objetivos y las tácticas empleadas por los donantes. La tabla ilustra cómo las diferentes intenciones suelen inspirar distintos enfoques a la hora de realizar donaciones. Por ejemplo, los financiadores que esperan promover valores o normas fundamentales, o una visión de excelencia en el trabajo, la vida o el arte, suelen inclinarse por premios emblemáticos como los Nobel, los Booker y los Óscar (Intención 8: Enaltecer los valores). Cuando están bien diseñados y ejecutados, estos premios son herramientas extraordinarias para atraer la atención y promover narrativas, al demostrar cómo es la excelencia. Pero, por lo general, resultan menos útiles para mantener activos cívicos compartidos como parques y bibliotecas (Intención 3: Construir y preservar los bienes comunes).

La idea básica no es nueva: elegir la herramienta adecuada para cada tarea requiere tener claro qué se quiere conseguir y por qué. Los donantes que esperan compartir alegría y celebración (Intención 4) y promover el florecimiento humano (Intención 7) suelen recurrir a encargos, becas y formas de renta básica universal en el ámbito de las artes y la cultura. Podría decirse que las artes son el motor más poderoso del cambio, el sentido y el propósito en nuestras vidas y en la historia de comunidades y civilizaciones enteras. Sin embargo, es poco probable que un ensayo controlado aleatorio llegue a captar jamás la totalidad de ese impacto o a cuantificarlo de una manera que garantice una determinada rentabilidad.

Pero es un error concluir que ese apoyo se desperdicia de alguna manera, porque el impacto atribuible no es lo importante: lo son el sentido, la belleza y el florecimiento.

Los «monocultivos» filantrópicos pueden invertir esa lógica, ofreciendo martillos en busca de clavos. Algunos financiadores tratan de maximizar los años de vida ajustados por discapacidad (AVAD), mientras que otros llevan a cabo procesos de donaciones participativas con cierto agnosticismo respecto a los problemas en juego. A menudo, eso es totalmente defendible, e incluso muy convincente en algunos casos. Pero es difícil de vender a personas que se preocupan profundamente por lugares o problemas específicos, o que están motivadas a donar por razones diferentes. Por eso, en los últimos años, tantas fundaciones se han dado de cabeza contra la pared tratando de convencer a otros financiadores de que coinviertan en sus temas prioritarios utilizando sus vehículos y tácticas preferidos.

Parecen creer que dónde y cómo donan las personas está de alguna manera desvinculado del porqué lo hacen. Como en tantos aspectos de la vida, si no entiendes los «porqués» de las personas (o te preocupas por conocerlos) y no te pones a su nivel en esos términos, es poco probable que influyas en sus «cómos». Acabas hablando sin escucharte.

En la práctica, las intenciones pueden difuminarse y solaparse. A menudo, los donantes se mueven por varias intenciones a la vez y pueden apoyar las mismas causas y organizaciones por diferentes razones. Al fin y al cabo, la mayoría de las organizaciones sin fines de lucro citan múltiples motivaciones en su trabajo. Lo mismo ocurre con las coaliciones: la mayoría se desintegraría, o ni siquiera llegaría a formarse, si no fuera porque las intenciones que se solapan prevalecen sobre otros desacuerdos y objetivos. Este solapamiento es una característica, no un defecto, de la tipología. Refleja cómo funciona realmente la donación.

Los programas de desarrollo juvenil lo ilustran bien. Un financiador podría apoyar una beca para abordar las desigualdades en la educación (Intención 6: Abordar un problema importante), sostener un programa que cambió su propia vida (Intención 2: Retribuir o conmemorar), o ampliar los horizontes de un grupo de estudiantes (Intención 13: Desarrollar el potencial)... o las tres cosas. Las tres ofrecen una poderosa motivación para donar y pueden manifestarse en una sola donación; sin embargo, cada una de ellas se vincula a una visión del éxito diferente, aunque complementaria.

Al igual que las personas suelen combinar sus intenciones, el sector del impacto social se basa en que los donantes persigan diferentes objetivos de forma conjunta, a menudo sin darse cuenta. Dicho de otro modo, tu éxito (sea cual sea la intención) depende casi siempre del trabajo realizado por personas con otras motivaciones y que emplean tácticas muy diferentes.

Cualquiera que haya pasado cinco minutos en círculos de altruismo eficaz ha sido objeto de una intensa campaña sobre la rentabilidad de comprar mosquiteros contra la malaria en lugar de, por ejemplo, adiestrar perros guía. Pero ¿qué ocurre cuando la niña que recibe un mosquitero en ese lugar lejano se despierta y la pica un mosquito de camino al colegio? ¿Dónde consigue medicamento? ¿A qué clínica puede acudir? ¿Quién la tratará? Y, en última instancia, ¿te importa esa niña en concreto o no? Porque a otras personas sí les importa.

Su familia y su comunidad, por supuesto, pero también financiadores locales con raíces en su región (Intención 2); ONG globales que trabajan para mejorar el sistema de salud de su país (Intención 6); donantes centrados en avances que apoyaron el desarrollo de las mosquiteras con doble insecticida que esperas distribuir, así como la investigación traslacional para nuevos tratamientos (Intención 5). Tu avance en materia de AVAD se debe en gran medida a donantes con intenciones y tácticas totalmente diferentes, que miden el éxito de formas totalmente distintas. 

En última instancia, podemos y debemos aceptar que otras intenciones son poderosas y válidas y proyectan diferentes visiones del éxito, incluso mientras nos preocupamos apasionadamente por la nuestra. Charles Taylor, el filósofo canadiense del pluralismo, capturó maravillosamente ese equilibrio en La ética de la autenticidad: «Solo si existo en un mundo en el que la historia, o las exigencias de la naturaleza, o las necesidades de mis semejantes, o los deberes de la ciudadanía, o el llamado de Dios, o cualquier otra cosa de este orden, tienen una importancia crucial, puedo definir para mí mismo una identidad que no sea trivial. La autenticidad no es enemiga de las exigencias que emanan de más allá del yo; supone tales exigencias».

Una de las preguntas más importantes que los financiadores deben ser capaces de responder es: «¿Por qué es importante para ti?». Pero su credibilidad también depende de cómo llevan a cabo su trabajo y, por supuesto, de los resultados de sus acciones. Por lo tanto, es totalmente legítimo discrepar sobre el «qué» y el «cómo», es decir, sobre las mejores formas de perseguir un objetivo en sus propios términos.

Cada objetivo encierra múltiples teorías del cambio potenciales, plazos implícitos (o explícitos) y tácticas disponibles. Nuestro ámbito solo se ve enriquecido por los debates sobre si la mejor manera de lograr un avance científico es crear un premio o apoyar a los científicos que están empezando su carrera; o si un enfoque político u otro tiene más probabilidades de mejorar los resultados de la educación primaria y secundaria; o si la mejor manera de ampliar la escala y el acceso a las gafas es a través de mecanismos de mercado o de la intervención del gobierno.

Pluralista, no indiferente

La aplicación de esta tipología no es una receta para un sector desprovisto de pasión, sino más bien para uno más explícitamente pluralista. Aunque me he centrado en los principios que subyacen a esa receta, también tenemos razones pragmáticas para mostrarnos más abiertos a diferentes formas de filantropía.

Huevos en más canastas | Una de las debilidades del modelo de transferencia gubernamental es su susceptibilidad a la política. Esto no se debe a que las fundaciones sean excesivamente políticas o ideológicas (aunque, si somos sinceros, a veces eso no ha ayudado), sino a que las prioridades de una administración se han convertido cada vez más en los objetivos de otra: Choice Neighborhoods, la ampliación de Medicaid, el alivio de la deuda estudiantil, etc.

Hemos concentrado el riesgo en el modelo de transferencia gubernamental precisamente en el momento en que la volatilidad política se ha convertido en la norma. No se trata solo de cubrir las apuestas; se trata de reconocer que la durabilidad requiere una diversidad de enfoques. Una monocultura nos deja vulnerables, y las organizaciones sin fines de lucro y las comunidades a las que sirven sufren las consecuencias.

Hay tantas formas de donar bien como de malgastar el dinero. Pero la prueba definitiva de ambas se define mejor por las intenciones que impulsan la donación, no por una teoría única de cómo debería funcionar la filantropía.

Una línea de defensa más sólida | Las recientes justificaciones de nuestro sector se han basado notablemente en intenciones comunitarias y humanitarias cercanas a casa. «Las organizaciones sin fines de lucro atienden a los estadounidenses más vulnerables», escribió Diane Yentel, del National Council of Nonprofits (Consejo Nacional de Organizaciones sin Fines de Lucro), en respuesta a los informes de que la administración Trump iniciaría investigaciones penales contra las Open Society Foundations. «[Estas organizaciones] son fundamentales para el éxito de nuestras comunidades, ya que conectan a los vecinos con refugios seguros, comidas nutritivas, atención médica vital y mucho más».

El Council on Foundations, Independent Sector, National Council of Nonprofits y United Philanthropy Forum (Foro Filantrópico Unido) emitieron una declaración conjunta en la que defendían que «las ideas y la información [florezcan] sin interferencias gubernamentales», un principio pluralista donde los haya.

El sector se defiende utilizando un lenguaje comunitarista y pluralista, mientras que los líderes de las fundaciones persiguen teorías técnicas de cambio sistémico a escala nacional y global. Y eso está bien. Es posible que nosotros mismos estemos motivados por construir poder, acelerar un avance, optimizar los AVAD por dólar o buscar la justicia, más que la caridad. Pero haríamos bien en recordar que esta última es el baluarte del apoyo público a nuestro sector. Es la forma en que la mayoría de los estadounidenses practican, experimentan y entienden la filantropía.

Sé de buena fuente (y por experiencia personal) que incluso los ejecutivos de las fundaciones tienden a dejarse llevar por esas intenciones «caritativas» cuando realizan sus propias donaciones personales. Esto no es hipocresía. Es una prueba de que ya sabemos que las múltiples intenciones son vitales y legítimas; simplemente hemos creado normas profesionales y cámaras de eco que fingen lo contrario.

Tener en cuenta el día a día | Por último, deberíamos querer que las normas de nuestro sector se parecieran al menos un poco a la práctica cotidiana real. Consideremos lo siguiente: ¿por qué los ejecutivos de las fundaciones donan personalmente de manera diferente a como lo hacen las organizaciones que dirigen? Puede que sea por la misma razón por la que tantas fundaciones cambian de rumbo tras el fallecimiento de sus donantes en vida, o cuando sus juntas directivas se profesionalizan: porque no es su dinero y, en consecuencia, debido a supuestos que limitan el abanico de intenciones sobre la mesa. Es muy fácil caer en la trampa de la razón y perder de vista el corazón.

No quiero exagerar las implicaciones de esto. Muchos grandes financiadores tienen muy buenas razones para centrarse en los grandes problemas globales (Intención 6) y en acelerar los avances (Intención 5), y han realizado contribuciones que han cambiado el mundo en esa línea. Esa motivación es una parte muy importante de por qué me dediqué a la filantropía. Pero hay muchas otras formas de marcar una diferencia significativa. Por ejemplo, en la última década hemos visto cómo muchas grandes entidades financiadoras (incluso aquellas bastante arraigadas en sus costumbres) han creado fondos de «oportunidad» y «discrecionales» para retribuir a su comunidad de origen, o para dar testimonio sobre un tema fuera de sus áreas de interés habituales.

No se trata de deslices, sino de ejemplos de cómo estas entidades adoptan otras formas de marcar la diferencia. Las fundaciones suelen plantearse sus donaciones en términos de carteras temáticas; podrían plantearse también construir esas carteras en función de sus intenciones.

Para el resto de nosotros, ya seamos pequeños donantes o financiadores activos, hay tantas formas de donar bien como de malgastar el dinero. Pero la mejor forma de evaluar ambas cosas es fijarse en las intenciones que motivan la donación, y no en una teoría única sobre cómo debería funcionar la filantropía. El hecho de que todos donemos de la misma manera es parte de lo que ha llevado al sector a la situación en la que se encuentra actualmente. Aceptar la diversidad de intenciones y enfoques filantrópicos solo aporta fuerza y resiliencia al sector, así como una orientación pluralista en un momento en que nuestra comunidad necesita más solidaridad que santurronería.

Plantear la pregunta

En 2025, incluso las organizaciones sin fines de lucro y los líderes que lo hicieron todo bien y siguieron con prudencia el modelo de expansión impulsado por el gobierno acabaron pasando apuros. La reacción natural de los financiadores que les motivaron a seguir ese camino es señalar con el dedo al gobierno actual y esperar y rezar para que esto sea solo un periodo de transición en el camino de vuelta a la normalidad.

Pero, ¿y si no lo es? ¿Y si nos enfrentamos a una nueva normalidad volátil? Tenemos la obligación, impulsada por nuestra misión, de reevaluar nuestras teorías sobre el cambio social en consecuencia. Reflexionar sobre las intenciones es un buen punto de partida, aunque eso acabe apuntando a enfoques fuera de la zona de confort de la filantropía —como centrarnos en la ampliación impulsada por el mercado en lugar de por el gobierno, aumentar nuestras tasas de gasto para apoyar más la ampliación por nuestra cuenta (en lugar de intentar constantemente «aprovechar» a otros), o diversificar nuestros objetivos para que no se centren únicamente en la ampliación—. A pesar de nuestros planes mejor trazados, estamos aprendiendo dolorosamente lo que ocurre cuando una teoría única del impacto se derrumba.

Preguntarnos «¿Qué más podemos hacer?» apunta hacia un futuro más pluralista y resiliente, porque, aunque de alguna manera podamos aguantar la situación, el último año ha revelado la fragilidad de la monocultura filantrópica. El remedio no es abandonar la ambición, sino reconocer que «hacer el bien» y «alcanzar escala» no son sinónimos, y que un sector con intenciones y horizontes morales diversos es en sí mismo una forma de seguro social que nos deja mejor equipados para capear lo que venga después. El pluralismo es una fortaleza, una protección contra la arrogancia, las crisis y la parálisis. La salud del sector y de nuestra vida cívica depende de muchos tipos de donaciones.

Esa pregunta sugerirá cosas diferentes para distintos financiadores. Las grandes fundaciones podrían construir carteras equilibradas en cuanto a intenciones, no solo en cuanto a áreas temáticas. Los donantes individuales podrían partir de sus propias intenciones, incluidas las viscerales y centradas en el ser humano, en lugar de encasillarse en rígidas fórmulas sobre cómo donar «bien». Y todos podemos poner en práctica la sabiduría del entrenador ficticio Ted Lasso de ser «curiosos, no críticos» cuando nos encontremos con formas de donar que parezcan diferentes a las nuestras. He llegado a pensar que la pregunta clave para la filantropía no es siempre cómo lograr el mayor impacto, sino cómo lograr uno significativo.

Mi amigo lo entendió de forma intuitiva. Tras la tragedia, no se preguntó: «¿Cómo puedo maximizar el impacto y la escala?». Se preguntó cómo honrar la memoria y los valores de su ser querido, incluida su costumbre de preguntar: «¿Qué más puedo hacer?». Esa pregunta —arraigada en el amor, no en el aprovechamiento— ofrece sabiduría para todo nuestro sector. «¿Qué más podemos hacer?» no se refiere solo a las alianzas público-privadas o a los AVAD. También se trata de mantener la fe en la memoria, la comunidad y la humanidad compartida. Cuanto más honre nuestro sector esa pregunta y sus implicaciones, más digno de su nombre será el futuro de la filantropía: el amor a la humanidad. 

Autor original: 

  • Ariel Simon es presidente de Tambourine Philanthropies.

Este artículo es contenido original de la revista de Stanford Social Innovation Review publicado en la edición primavera 2026. 

  • Traducción del artículo The Future of Innovation Is Collective por Jorge Alberto Treviño de León.

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